La mujer llevaba un hacha en la mano izquierda y un escudo en la derecha. Era corpulenta, con grandes músculos y pelo a rastas, típica humana del desierto. Tenía la sonrisa sádica que tantas veces había visto, me miraba con superioridad, me desafiaba. Me estaba haciendo sentir pequeña. Desde hacía varios meses, los de su raza nos estaban atacando, a todas, para conseguir nuestras crías. Les decían huevos, pero eran nuestros bebés. 

Había tenido que moverme cada vez más alto, a la zona de picos escarpados entre las cuevas. Aquí yo era la más madura de las hembras, pero estos serían mis últimos cachorros seguramente, mis escamas celestes estaban hechas para reinar, para defender a los míos. Y aún así, era la primera vez que me enfrentaba a una de esos.

Me miró fijamente y lanzó un grito, quería asustarme sin saber que ya lo había conseguido. No debía permitirlo. Le enseñé los colmillos, del mismo tamaño que su cuerpo entero. Como respuesta, enarboló su hacha hacia mí, giraba en el aire, cortándolo, buscaba mi cuerpo. Sacudí la cabeza con furia, era la legítima reina, no podía quedarme quieta sin más. «Vamos Peona, arriba.», habría dicho mamá, si uno de esos no la hubiera matado. Por ella.

Gruñí desde lo más profundo de mi ser y puse mi cuerpo en posición de ataque, solo los débiles se defendían sin morder. La humana titubeó un segundo, vi el destello de duda en su mirada oscura, tenía que aprovecharlo. Noté cómo se me calentaba el pecho y abrí mis fauces, una llamarada violácea fue directa hacia su escudo. Admito que no me esperaba una reacción tan veloz de su brazo. Aproveché su punto ciego para mover la cola como si fuera el látigo más fuerte del mundo y mis pinchos se engancharon en su malla, nunca habría pensado que esas cadenas fueran tan resistentes. 

El hachazo dolió más de lo que admitiría, sin duda era una de las mejores saqueadoras que había visto. Alguna escama calló a sus pies, punto para ella. Sacudí la cola hasta soltarla, lanzándola varios metros hacia la derecha. Chocó contra una piedra especialmente afilada y calló de espaldas, era una buena ventaja. Le gruñí una vez más y mi garra cayó sobre ella. Uno de sus brazos quedó atrapado entre el escudo y su cuerpo, no podía rendirme ahora que saboreaba la victoria. Me llegaban vítores desde las cuevas, seguro que esto me daría el respeto que merecía por fin. Y en mi primera batalla. 

Entonces cometí un error: desviar la vista hacia mis bebés. Solo quería ver que estuvieran bien, que no hubieran rodado hacia el acantilado. Mi víctima pasó a ser mi atacante. El hacha acertó de pleno en mi garra, que levanté en un reflejo y la liberó. La humana se puso en pie de un salto y lanzó su escudo a un lado, ahora usaba las dos manos en el arma. Abrí ligeramente mis alas y las usé de punto de apoyo, esta llamarada no se sostendría con cuatro patas. Entrecerré los ojos y la fijé como objetivo, en cuanto abrí las fauces un violento fuego violeta salió hacia ella. 

La mujer me esquivaba y corría buscando la protección del terreno, no sabía que iba a alcanzarla fuera a dónde fuera. Me movía lentamente, torcía el cuello y equilibraba mi cuerpo con cada quiebro que hacía ella. Finalmente, su arma ardió en llamas que rápidamente pasaron a su brazo. Cayó de rodillas y su cara entera se quebró en dolor, gritaba buscando apaciguar la desesperación. La misma que me había hecho sentir a mí cuando la ví subir a mi territorio. 

El cuerpo calcinado de la que fue una amenaza cayó a mis patas. Los gritos de la humana se sustituyeron por gruñidos de festejo de mis compañeros y abrí las alas hacia el cielo. Mi voz quebró las nubes en un llamado a la muerte, esta victoria debía marcar el nuevo poderío de mi raza. Mi primera batalla y la primera prueba de supervivencia para mis bebés. La manada entera alzó el vuelo, una docena de dragones invadimos la luz del sol en el primer día de una nueva era.

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