—La mujer llevaba un hacha en la mano… —La elfa del bosque levantó la mirada del libro que estaba leyendo—. Oye, Pepe, ¿tu sabes qué es una mujer? —El aludido se encogió de hombros sin apartar la vista de sus quehaceres.

Pepe era un dragón muy concienzudo. Cuando realizaba un hechizo medía al milímetro cada componente. Esta vez además era especial, porque se trataba de un encantamiento extraído de aquel libro tan antiguo que encontró en su última visita a la zona prohibida. Estaba muy excitado, pues no sabía que saldría esta vez. La última página estaba arrancada y no se explicaba en ningún momento la finalidad del sortilegio.

—¿Estás seguro de lo que haces? —Manuela dejó con desgana el tomo que estaba ojeando y se acercó a Pepe intrigada.

—Hombre, muy seguro no estoy, pues no sé qué saldrá, pero he seguido todos los pasos concienzudamente. Ahora un toque de calor y… —Lanzó una llamarada controlada sobre la mezcla que sonó como un eructo.

La elfa se rió tapándose la boca con una mano. Ambos se quedaron mirando los refulgentes colores que emanaban del caldero. En ese momento los dos pensaron que mereció la pena sobrevolar toda Nuevakansas para adentrarse en la zona prohibida por la parte menos vigilada.

Tras disiparse el humo resultante del hechizo vieron en el fondo de la marmita una pequeña figura con forma casi élfica. Solo que no tenía las orejas terminadas en punta y su piel era de un color rosado, casi blanco. Sus ojos estaban curiosamente rasgados. En ese momento los abrió y miró al dragón y a la elfa. Su boca se abrió también de par en par y trastabilló hasta apoyar finalmente la espalda y las manos en un lateral del enorme caldero. Entonces empezó la extraña criatura a emitir una atropellada serie de sonidos articulados. Parecía que estaba diciendo algo en una extraña lengua.

Pepe cogió un frasquito de una estantería, lo abrió, y espolvoreó su contenido sobre aquel ser.

—¡No me hagáis daño, por favor! —Ahora podían entender sus gritos.

—Tranquila, no tenemos intención de herirte. Tan solo queremos saber qué tipo de criatura eres.

—Soy una mujer.

Manuela abrió mucho los ojos al recordar las palabras del libro.

—¡Una mujer, Pepe! ¿será peligrosa?

—No sé Manuela, pero no veo yo que esta lleve ningún hacha en la mano.

—Un momento. —La chica se tranquilizó un poco tras oír hablar al dragón y a la elfa—. ¿Pepe? ¿Manuela? Pero, ¿qué nombres son esos?

—Y tú te llamas… —Manuela torció el gesto mostrando desdén.

La mujer se ruborizó y agachó la cabeza repetidas veces.

—Perdonad, me llamo Haruka. Y no quería parecer descortés. Es solo que me parecen raros nombres para un dragón y una elfa.

—¿Y cómo llamáis vosotros a los dragones? —Quiso saber Pepe.

—Yo te hubiera puesto Tetsuo.

—¿Puesto? ¿Es que acaso de donde vienes tienen a los dragones por mascotas? —Pepe no daba crédito.

Haruka se ruborizó aún más, respondiendo sin palabras la pregunta. Al rato empezó a hablar.

—No precisamente mascotas, pero de donde vengo solo erais seres mitológicos en libros y cómics. Yo vivía en Nueva York y era escritora. Hasta que sobrevino la gran explosión y lo siguiente que recuerdo es despertar aquí frente a vosotros.

—¡Nueva York! ¡La zona prohibida! —dijo Manuela visiblemente aturdida—. De ahí surgieron el resto de nombres de lugares aquí.

—Bueno, pequeña —añadió Pepe—, no te preocupes, viernes de muy lejos en el tiempo y seguro que tenemos muchas cosa que contarnos.

La alzó con delicadeza con una de sus garras y la sacó del caldero.

—Ven con nosotros y te enseñaremos todo esto. Y tú nos narras cómo era tu mundo.

Los tres se quedaron largo rato charlando a la purpúrea luz del atardecer de NuevaPangea.



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