Érase una vez un mago, Merlín, que se estaba haciendo una paja viendo porno mediante su visión paradimensional, cuando una flecha se clavó en el marco de la puerta de su choza. Se levantó, aun palote, y vio que el proyectil tenía una nota atravesada: “Tira pa palacio, julay”

–¿Qué pollas querrá ahora el payo rey?

Como no tenía ganas de andar recitó las palabras mágicas: “Abracadava ocus pocus” y se teletransportó hasta el salón imperial.

Nada más materializarse potó en el cuenco de un enorme vasallo nórdico de Arturo.

–¡Te voy a reventar! –amenazó el rubiales.

–¿El culo? Cuando quieras, pirata –. Magos y sus ventajismos…

–Quieta, zorra. Necesito al homo mago– interrumpió el rey.

–¿Para qué me necesita vuesa ilustrísima majestad?–pomposo.

–Nuestro reino peligra. –atajó.– La horda viene a invadirnos.

–Vaya novedad…

–Traen un arma que nos destruirá.

–¿Qué arma?

–La del conocimiento sempiterno: Jordi Hurtado. Excalibur no puede hacer nada contra tales nigromancias.

–¡Hostia puta!– Y sin despedirse, Merlín se piró haciendo mutis por el teletransporte.

Total, llegó la horda. Malos, malísimos que te cagas y empezaron a romperlo todo, pisar lo fregado, desconcharon paredes, troncharon geranios… Ya solo quedaban vivos el vikingo rubio y el rey. Todo estaba perdido, pero apareció el mago con un sable laser y se puso a cortar pollas y cabezas a lo jedy. Lo dejó todo hecho un solar. Jordi Hurtado logró escapar, evidentemente. Y fueron felices y comieron perdices… hasta que llegó la furcia de Ginebra.

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