Suárez llegó al punto de encuentro bajo una lluvia incesante que le había calado hasta los huesos. Se encontraba a la salida de un lóbrego callejón en el que apenas se divisaba un atisbo de luz. Era una noche cerrada. Trató de protegerse de la lluvia escondiéndose bajo la fachada del edificio que quedaba justo a sus espaldas. Llevaba consigo una pequeña bolsa de deporte, la cual decidió apretujar contra su pecho tratando de salvaguardar aquello que contenía en su interior. 

   El repiqueteo de la lluvia golpeando contra el suelo le aportaba cierta relajación. Miró su reloj de muñeca y advirtió que ya era la hora. Estaba en lo cierto. Como un rayo partiendo la tormenta, un Mercedes blanco emergió del fondo del callejón. Tenía los cristales tintados y el capó como la cara de un toro rabioso. Se plantó en milésimas de segundo frente a Suárez. Mediante un frenazo atronador, el coche se detuvo en seco y sus ruedas comenzaron a vomitar humo. Suárez se encaminó hacia él, abrió la puerta del copiloto y subió sin esperar una invitación.


   —¿Lo has traído? —dijo el conductor sin necesidad de saludos.

   —Aquí está —contestó Suárez.

   Abrió la mochila y extrajo de ella el peluche de un león.

   —Van cien, como acordamos —sentenció Suárez.

   El conductor agarró el león y tiro de la cremallera que tenía en su vientre. Observó su interior y de nuevo cerró la cremallera.

   —¿Chocolate? No habíamos acordado esto...

   —Si no te convence puedo llevármelo, no me faltarán compradores interesados.

   —Ya que he venido me lo llevo —contestó el conductor con resignación.

El conductor abrió la guantera del automóvil y entregó a Suárez una pequeña bolsa de plástico llena de monedas. Inmediatamente después, invitó a Suárez a abandonar el vehículo. Justo en el instante en el que Suárez bajó y cerró la puerta con delicadeza, la ventanilla del copiloto comenzó a descender, dejando al descubierto la molesta cara del conductor.

—Es la última vez que te compro caramelos, Juan. Dijimos de fresa, joder. 

—No me toques los huevos, Manolo, que he venido hasta aquí con la que está cayendo por cuatro euros de mierda. La próxima vez te pasas por el quiosco antes de que cerremos como todo el mundo, ¡y sanseacabó! 

Manolo subió la ventanilla y aceleró con brusquedad pasando por encima de un charco que empapó —aún más si cabe— al pobre Juan.

—¡Hijo de puta! ¡Que te has llevado el peluche de mi hija! ¡La próxima vez te casco los de hierbabuena que no los vendo ni a tiros! 


Comentarios
  • 4 comentarios
  • Elein @Elein hace 2 meses

    Por favor, me morí de risa cuando me tocó evaluarlo XD Me alegro de que haya quedado en cuarto puesto porque el relato es puro arte. Muchísimas felicidades

  • Sam Pipot @SamPipot hace 2 meses

    Muchas gracias por tus palabras y por la valoración. Me alegro de que haya conseguido hacer reír a una persona al menos. Ese era el propósito jajaja.

  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 2 meses

    Muy simpático. Buen primer cuento.

  • Sam Pipot @SamPipot hace 2 meses

    Muchas gracias, Jon. Me alegro de que te guste.


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