La lluvia de esta noche es la más intensa que recuerdo haber vivido. Calado hasta los huesos y con pasos vacilantes, me alejo de mi camión volcado. Debería estar sintiendo mucho dolor, pero la verdad es que  apenas soy consciente de mi propia situación. Mis ojos están fijos en el vehículo que nos ha causado el siniestro. La cortina de lluvia solo me permite distinguir sus luces, que suben y bajan a cada bache, y su oscura silueta, que se va haciendo más y más pequeña a una inquietante velocidad.

¿Por qué se aleja? ¿No va a ayudarnos? En medio de mi confusión general, la irritación se hace hueco. Cuando causas un choque tienes que ayudar, joder.

—Para... —intento gritarle, pero no sé si lo consigo.

Tampoco importa. Desaparece en la distancia. Al instante mis ojos se cierran, y comienzo a perder la consciencia. Estoy a punto de desplomarme cuando escucho un gemido que proviene de mi vehículo. Al instante, la alarma disipa mi cansancio; había olvidado que no iba solo en el camión. Los párpados aún me pesan, pero los levanto, y me arrastro como puedo hasta la parte de atrás.

La puerta de la jaula se ha abierto con el impacto. Aunque me fallan las fuerzas, corro para asomarme dentro. La luz en el interior es muy escasa, pero es suficiente. Un llanto, esta vez audible, escapa de mi garganta: Sansón, nuestro noble y recién rescatado león, yace inerte al fondo del cubículo. No distingo la sangre de la negrura de las paredes, pero la huelo e inmediatamente sé que hay demasiada. La tristeza me quema por dentro, y el frescor de la lluvia sobre mi piel poco hace por aliviarlo. Me vencen las rodillas, y caigo frente a la puerta. Esta vez no logro volver a erguirme. Mi mente se reconcilia por fin con mi cuerpo, y siento las heridas. No llegaremos a la reserva.

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