Manolo se arrebujó en la manta. Tiritaba de frío empapado como estaba de la cabeza a los pies.

—Mamá te va a matar a collejas. 

—Cierra el pico, que solo tienes quince años.

—¡Y no debería ser el responsable de los tres!

—Hablando de responsabilidad, ¿se puede saber qué hace ella aquí?

—No iba a dejarla sola en casa con diez años. Sobre todo, después de tu última publicación en Instagram. Con suerte mamá no la verá jamás.

—Mamá no sabe diferenciar Instagram de Snapchat.

Los dos hermanos miraron a la pequeña y solo pudieron darle la razón. Manolo, el mayor, había salido de fiesta con unos amigos de la universidad y la cosa se había desmadrado. Tanto que el mediano, Nicolás, había tenido que ir al rescate. 

La cosa había empezado con una pregunta inocente: ¿tenía el zoo de Madrid un león? La respuesta era sí. Pero si buscabais a Mufasa no lo ibais a encontrar. Lo que tenían eran leones asiáticos, menos melenas, pero igual de peligrosos. Manolo había cometido el error de comentar que eran esos los que cazaban los reyes asirios. Eduardo, un tipo subido no se sabía muy bien si por la naturaleza o por el alcohol, había propuesto colarse en el zoo e ir a verlos. Todos habían aceptado. Colarse había sido fácil. Pero Manolo no llegó a ver a los leones. Los guardias de seguridad los vieron y salieron corriendo. Pillaron a varios de sus amigos. A él no y fue un milagro porque cayó en la balsa de las focas. Tal como lo miraron estaba seguro que agradecieron la visita nocturna.

Cuando los vigilantes se fueron, Manolo salió de la balsa y del zoo corriendo. En la salida se encontró con su hermano pequeño con cara de pocos amigos. Vamos que la humillación ya no podía ser superior.


Por la parada de autobús en la que estaban los hermanos no paraban de pasar coches. Era una encrucijada bastante transitada, aunque la hora fuese tardía. Un coche llamó la atención del grupo. Era un modelo nuevo, brillante y silencioso. Venía deslizándose por la calle que hacía bajada. Pasó por delante, dio un par de vueltas a la rotonda de enfrente, y volvió a pasar por la parada. Adelantó zigzagueando peligrosamente varios coches, a lo que siguió un coro de cláxones enfadados. El vehículo era un pavo real que se pavoneaba mostrando sus lustrosos accesorios. Parecía como si quisiesen que lo notasen. Cuando los tres pudieron ver con todo lujo de detalles por cuarta vez la estatuilla del capó, el coche paró. La ventanilla bajó y apareció Eduardo.

—Miradme, soy como esos reyes asirios, cazo leones.

Con horror vieron como uno de los leones del zoo estaba atado en los sillones traseros. Sin poder hacer nada, el coche se fue corriendo.

—Nicolás, ¡pásame el móvil, ya! Voy a denunciar a ese gilipollas.

Pero antes de que el mediano pudiese hacer nada, un coche, todo girofaros y sirenas, pasó corriendo detrás persiguiendo a Eduardo. Y el peor día de Manolo pasó a ser el mejor


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