El agua corría a su espalda con fuerza, se estrellaba contra el plato de ducha y salpicaba los azulejos de color vainilla, pero Mario había centrado su atención en otra parte. De poco importaba en ese momento que estuviera desnudo y empapado, que el champú se entretejiera en su cabello a medio aclarar o que sus pies mojasen sin piedad las baldosas del cuarto de baño. No podía apartar la vista del vehículo en miniatura que atravesaba el pasillo de su piso. Era una réplica azul de un escarabajo, con cristales tintados y llantas en blanco; el tipo de coche que se habría quedado mirando en la calle.

Salvo que, en esa ocasión, circulaba en su casa y podía abarcarlo con la mano. Un ruido fuerte al otro lado de la puerta le había sacado de la ducha en un primer momento; vivía solo y no tenía mascotas, por lo que sonidos como aquellos eran raros. Un cacharro con vida propia era lo último que esperaba encontrarse.

Y a este le siguió otro: un descapotable rojo. Seguía la misma dirección que el anterior, en línea recta hasta su habitación. El corazón le latía desbocado y la presión le atenazaba el estómago. ¿Se había resbalado y dado un golpe en la cabeza? No recordaba haberlo hecho.

Una tercera réplica pasó zumbando desde el salón. En esta ocasión, se trataba de un camión de bomberos, de formas cuadradas y adornos metálicos. Era solo un poco más grande que las anteriores, pero no tanto como para resultar coherente. De hecho, cada una de las tres parecía obedecer a sus propias normas de proporción; no guardaban ninguna relación entre ellas.

Lo siguiente que vio aparecer fue una niña, una real de carne y hueso. Se había detenido bruscamente al verle y sonreía, tapándose la boca con un león de goma que agarraba entre sus manitas. Los gritos de su madre no se hicieron esperar.

—¡Dios mío, Mario! ¡Tápate! 

—La madre que… —musitó él, encerrándose con prisas en el cuarto de baño.

—El tío estaba desnudo —escuchó decir a la niña entre risas. 

—¿Qué hacéis aquí? ¿Cómo habéis entrado? —preguntó con la voz alzada mientras se cubría con un albornoz de color crema y volvía a abrir la puerta.

—Mamá me dio una copia de la llave. Te hacíamos en la uni, queríamos darte una sorpresa.

El chico se echó a reír, entre incómodo e incrédulo, y se pasó la mano izquierda por la cara. Seguía acelerado, pero al menos ya entendía lo que había visto. 

—¿Te gustan los coches, Raquel? —interrogó a su sobrina. 

—Mucho.

—Eso está bien —sentenció antes de devolver la atención a su hermana—. Me termino de duchar y salimos a comer. ¿Os apetece? No tengo clase, así os enseño la ciudad.

—Para eso hemos venido —bromeó—. Por ti también, claro, pero también por Madrid.

—Por supuesto.

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