Óscar no podía dejar de tiritar mientras esperaba. La tormenta le había pillado desprevenido, sin paraguas y con una sudadera fina como única prenda de abrigo. Por eso ahora estaba en esa estación de servicio abandonada, tan empapado que el pelo le goteaba, esperando a un coche que tardaba lo que parecían siglos en llegar. Había intentado llamar a su madre, pero le había saltado el contestador, como siempre. Después de varias llamadas sin respuesta se dio por vencido y acabó llamando a su hermano, resignándose a que se riera de él por haber salido sin siquiera mirar el cielo desde la ventana. Eso había sido hacía casi media hora, y todavía no había señales de coche de su hermano.


No había señales de ningún coche, de hecho. No se oía ningún motor ni se veían luces de faros en la lejanía. El escalofrío que recorrió a Óscar esta vez no tuvo nada que ver con el agua que todavía podía sentir correr por su rostro y su espalda. Fue como si algo le estuviera observando, como si en la oscuridad de aquella estación de servicio hubiera algo o alguien esperando a que diera un paso en falso para abalanzarse sobre él.


La sensación no desaparecía, y Óscar tenía miedo de mirar atrás, hacia la oscuridad que la endeble luz de las farolas no llegaba a iluminar, por lo que pudiera ver (o no ver) allí. ¿Se estaba volviendo loco? Tenía que ser todo fruto de su imaginación, seguro. Y aun así Óscar no se volvió. Ni siquiera cuando empezó a oír lo que parecían pasos que cada vez sonaban más y más cerca.


Dio un respingo cuando vio aparecer dos focos de luz paralelos a lo lejos, y rezó a un Dios en el que no creía para que fuera el coche de su hermano. Seguía oyendo los pasos mientras el coche se acercaba; cada vez más cerca, cada vez más fuertes. Finalmente, pudo ver el coche bajo una farola y suspiró con alivio al ver el Mini rojo. En la oscuridad que la tormenta había dejado tras de sí, parecía casi granate. Observó cómo se acercaba, revelando su color rojo al pasar bajo una farola, para volver a ser granate cuando dejaba atrás la iluminación. Maldijo que el coche fuera tan silencioso, porque conforme su silueta aumentaba de tamaño, Óscar seguía oyendo los pasos. Para cuando el coche se detuvo delante de él y la puerta del copiloto se abrió, los pasos se habían detenido justo detrás de él. Sin mirar atrás, Óscar corrió hacia el coche y prácticamente se lanzó a su interior, poniéndose el cinturón y pidiéndole a su hermano que arrancase rápido. Cuando empezaron a moverse Óscar se sintió como si por fin pudiera respirar. Sin darse cuenta se había abrazado al león de peluche que su sobrino había dejado en el coche, y lo apretó con más fuerza mientras se alejaban de la estación de servicio. Ahora estaba a salvo. 

Comentarios
  • 1 comentario
  • taiserk @taiserk hace 8 días

    es un poco gracioso la parte del león xd esta buena sigue asi


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