Me arden los pulmones por la falta de aire. Con un impulso alcanzo la superficie y saco la cabeza del agua donde aspiro con fuerza. Observo las paredes del pozo natural. Nado hacia la roca que sobresale frente a mí mientras me pregunto cómo he llegado a esta situación. Obligada a huir de mi propia aldea. Las órdenes de padre fueron claras. “Ponte a salvo, corre. La milicia está aquí”. 

Intento sujetarme a la roca, pero está resbaladiza y no encuentro un buen asidero. Necesito varios intentos para subirme a ella. Una vez de pie, con el agua resbalando por mi piel desnuda, observo la única salida posible de aquél lugar, el cauce seco de un río. Mi corazón se dispara cuando el sonido ambiente, al que tan acostumbrada estoy, varía. Un suave ronroneo llena el pozo acompañado del ruido que produce la grava revuelta. Mis músculos se tensan, nerviosos. Proviene del cauce del río y se acerca por momentos. Cuando veo el destello de luz salto de nuevo al agua. Me sujeto con fuerza a la roca que me oculta y observo el todoterreno que comienza a aparecer por entre las paredes de aquel pozo natural.  

Unos faros iluminan la charca. La escasa luz del atardecer otorga un color extraño al entorno, pero distingo las manchas que salpican todo el frontal del vehículo. Sangre. Probablemente la sangre de mi pueblo. El todoterreno avanza con lentitud y  las ruedas delanteras giran levantando cantos del lecho del río. Producen un ruido que me estremece. Sobre el capó se perfila la calavera de algún animal que no reconozco. Según avanza distingo el símbolo de la milicia local pintado en la puerta y un brazo que cuelga sujetando un cigarrillo encendido. No logro ver su cara. 

Los brazos empiezan a dolerme y tengo los pies heridos de buscar un apoyo en la parte sumergida de la roca. ¿Por qué sucede todo tan despacio? 

El vehículo se detiene en la orilla. La parte de atrás está descubierta, como la mayoría de los coches de la milicia. Algo cuelga del lateral, a la altura de la rueda trasera. Un bulto anaranjado con una melena del color del fuego que no tardo en reconocer. Es el cuerpo sin vida de un león y, a su lado, un hombre de pie observa la charca con un rifle en las manos. 

Mis manos se tensan al reconocer al cazador y pierdo el agarre. No puedo evitar el chapoteo. Mi mirada se cruza con la de quien, un día, compartió techo con mi familia, antes de sumergirme. Se que me ha visto. También se que esperará a que salga del agua. La piel de león se vende a muy buen precio. Demasiado buen precio para dejar que nadie denuncie la caza furtiva. Demasiado dinero por la vida de una niña. 

No quiero salir pero necesito aire y mi instinto de supervivencia toma el control impulsándome a la superficie. Abro la boca para aspirar con fuerza cuando suena el disparo.


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