Estoy empapado de pies a cabeza, como cuando un chaparrón te cae sin previo aviso. Y lo malo es que al loco ese me lo he visto venir, no había nada más que observar en ese momento. Cuando ha salido de aquella esquina lo he pensado. Ya sé que debería tener más cuidado, lo sé, y creer más en mi intuición. El coche venía a una velocidad excesiva para estar acercándose a una parada del bus y arrimándose innecesariamente a la acera. Yo no era consciente del charco que teníamos a dos pasos, ni yo ni la abuela que está sentada detrás de mí, esperando el bus imagino. 

Ha sido rápida la situación, pero la he vivido a cámara lenta, mientras observaba incrédulo aquel blanco e impoluto coche como iba superando farolas y sus sombras, con un exceso de velocidad cada vez más elevado. No le veía ni una sola abolladura ni rascada alguna, seguro que no tenía muy lejos el garaje, estaba seco y aún llovía no hacía ni cinco minutos y había caído agua durante media hora, por lo menos. Pues que así estaba la calle, llena de charcos que se asemejan más a pequeños lagos artificiales. Cuando ha tomado nuestra dirección, no se veía a nadie en toda la avenida y he podido observar que salía de aquella calle sin hacer la preceptiva parada. Sí que el conductor ha mirado primero a un lado y luego al otro. Entonces me he fijado en que llevaba puestas unas gafas oscuras, absurdas en ausencia de ningún astro reluciente y por dos razones básicas, por estar el cielo encapotado y porque son las nueve de la noche. Y al colocarse en el carril cercano a la acera del viejo barrio, avanzaba acelerando en exceso los escasos cien metros que le separaban de la abuela y de mí. No me lo podía creer. Cuando he querido saltar a un lado por pura intuición mecánica, ya ha sido tarde. Casi ni lo veo pasar. Pero seguro que ha sonreído, el muy mamonazo, cuando habrá verificado por el retrovisor que yo no he podido evitar la ducha.

Y a pesar de haber sentido caer el agua sobre de mí a cámara lenta, en un segundo ya estaba calado de pies a cabeza. Pero que se prepare, la justicia divina me lo debe. Me he quedado con un león de peluche que he visto en su salpicadero y estoy seguro de que la cara de ese conductor, el muy macarra, me es familiar. No dudo que lo pillaré un día de estos, parado en cualquier semáforo o esquina. Le dejaré el coche no tuneado, lo siguiente, y que se prepare con el leoncito, que se lo va a tragar.


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