Tener las frías aguas del Támesis cerrándose sobre su cabeza era una experiencia sin duda interesante. Las sensaciones de sorpresa, ahogo y desesperación le serían muy útiles para sus reportajes. Debía reconocer, sin embargo, que a pesar de su capacidad edificante, disfrutaría más el momento si no tuviera las manos atadas y la cabeza cubierta con un saco.

George forcejeó con las cuerdas, haciendo buen uso de los consejos que le dio aquel famoso escapista que entrevistó hacía unos meses. Emergió a la superficie gris y nadó hasta la pared de ladrillos, hasta dar con un punto en el que arrancaban unos escalones que le llevaron de nuevo a la acera.

¿Qué podía haber escrito para ganarse tal enemistad? Su reciente crónica sobre el atraco al Lion Bank parecía lo más probable. Los criminales habían aprovechado la fiesta del aniversario del banco para llevar a cabo su golpe. El director de la firma había contratado a un domador para amenizar la velada, y los atracadores habían liberado a la mascota para sembrar el caos. El resto de periódicos habían lanzado teorías en torno a la banda, pero él había publicado que el banco estaba en bancarrota y había sido un montaje.

En un primer momento, no le sorprendió escuchar un rugido de león por estar pensando en el banco homónimo, pero cuando se repitió y vio correr en su dirección a algunos viandantes, cayó en la cuenta de que algo no iba bien. Tras la multitud venía el gran felino, y sin pensarlo se unió al resto en su huida. Un cabriolé intentó adelantarles, esquivando a la gente con más peligro que el propio león. Tanta prisa le pareció sospechosa, y decidió seguirlo. Cuando llegaron a Fenchurch Street, el cabriolé aceleró, así que tomó prestada una bicicleta herrumbrosa apoyada en la pared. Sin perder de vista al carruaje, pedaleó detrás por varias calles, intentando mantener una distancia prudencial. Sin embargo, el cochero pareció darse cuenta de su persecución, pues comenzó a meterse de improviso por callejuelas. Observó atento sus quiebros, y cuando vio otro coche de caballos apostado a un lado de la calle, pidió al conductor que siguiera al otro vehículo. Les guio a toda velocidad hasta Old Street, donde se detuvo finalmente. Para su sorpresa, nadie se bajó. Solo lo hizo el conductor, que miró en su dirección y retiró la capota para confirmar que el automóvil estaba vacío. No contento con eso, le saludó con la mano, con sorna. En algún momento le habían dado esquinazo y se habían bajado. George resopló y le dijo al conductor que le llevara a su casa. Cuando llevaban unos minutos de trayecto, le pidió que regresaran. Su "amigo" ya se había marchado, así que revisó a fondo todo lo que pudo.

—¡Ajajá! —exclamó.

En un reborde del asiento halló una tarjeta del Club Fosterwirth. Merecería la pena hacerle una visita, pero eso sería otro día. Aquel, con tomar un té caliente y no cruzarse con más leones, tendría suficiente.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 2 meses

    Interesante relato, muy original! Nos vemos pronto en el nuevo reto :)


Tienes que estar registrado para poder comentar.