Una suave brisa, mece las hojas que danzan al son de una silenciosa melodía. La tranquilidad se respira en cada rincón del bello paraje, así como la vida. Y ni siquiera la llegada de un viajero es capaz de romper el ambiente.

El caballero cabalga sin prisa por el camino. Los cascos del caballo no levantan ni un crujido a la tierra, como si de forma inconsciente no quisiera dejar constancia de su paso, por no decir, que no llega a tocar el suelo.

Pasan como una exhalación, un espectro fantasmal que deja un aíre frío por su camino y muerte. Las plantas, los árboles, todo aquello que pasa a su vera cae presa de una extraña debilidad que los marchita y los mata.

El jinete no les dedica ni una mirada; oculta su rostro bajo una capucha, pero entre los pliegues de la ropa se advierte una cara deforme, cadavérica, demacrada. La imagen de una Parca . Él solo hace su trabajo como espíritu errante y ya son demasiados años de sufrimiento los que lleva a su espalda.

Con una de sus huesudas manos consigue crear un chasquido que reverbera en la inmensidad del bosque. Más adelante, en el camino, un portal se abre. Cientos de colores se mezclan en su incesante rotación, como un vórtice arcoíris. Otra galaxia, un portal dimensional al siguiente mundo que torturar.

Solo un salto del caballo y se internaron en él. Era tiempo de continuar su trabajo.

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