—Miradme, estoy empapada. —Odiaba el olor de su pelo mojado—. Casi nunca llueve, y justo hoy tenía que ponerse a diluviar.

—Es lo que tiene vivir aquí. —El mayor de sus hijos puso los ojos en blanco y echó su melena hacia atrás, como si aquello no fuera con él—. Habla con papá.

Como lo más importante es su trabajo...

—¡Un respeto a tu padre, que la labor que hace aquí es fundamental!

— Quiero irme a casa y jugar —protestó la pequeña al tiempo que cambiaba de tema.

—¿Y quedaros sin merendar? Ah, no, que luego no hay quien os aguante —bramó—. A ver si vuestro padre se da prisa y viene pronto.

—Pero es que no tenemos hambre. —La cría comenzaba a agotar su paciencia.

—¡A callar todo el mundo! —rugió con muy mala leche—. Al acabar la frase la lluvia se detuvo.

—¿Seguro que hemos quedado aquí con papá? —El tono de su primogénito le desesperaba.

—¡Chitón! Creo que ya viene por ahí.

El sonido de un motor les hizo girar las cabezas hacia la izquierda. Desde esa dirección apareció un Jeep descapotable de color verde, con las ruedas embarradas y el motor haciendo un esfuerzo por avanzar entre el fango. Las pegatinas de la parte trasera indicaban que el coche había pasado por diferentes países. Dos figuras ocupaban los dos asientos delanteros, ambas tocadas con un salacot y portando un rifle en el regazo.

—No veo a papi.

El vehículo aminoró la marcha y la máquina ronroneo. El copiloto se incorporó y miró a los lados. ¿Había escuchado un ruido? Un león salió entre la espesura y se abalanzó sobre el piloto. Entre los dos tiraron al otro ocupante y los tres acabaron en el suelo. Los hombres palparon el terreno con la esperanza de que las armas hubieran quedado a su alcance. No fue el caso. La bestia rugió.

—Ahí está vuestro padre. —En su afirmación resultaba sencillo encontrar una pizca de orgullo.

Los furtivos se revolvieron, rodaron por el barro e incluso llegaron a ponerse de rodillas. Sin embargo, ninguno consiguió incorporarse y huir. Varios zarpazos y dentelladas lo impidieron.

—¡La merienda está lista! ¡Vamos, nenes! —Apuntó con la cabeza hacia los humanos.

—No tengo nada de hambre, mami.

—Todos los días la misma lucha. —Suspiró—. Harta, que me tenéis harta.

—Esos humanos tienen una pinta horrible. —Otra vez su cachorro con más quejas—. Seguro que están enfermos.

—Ay, mira, no meriendes si no quieres, pero que sepas que no os vamos a dar más comida hasta la hora de la cena. ¡Así que luego no quiero llantos!

La pequeña masticó un par de extremidades sin muchas ganas y el mayor no probo bocado. La leona no le dio demasiada importancia, porque estaba en plena adolescencia y esa es una edad muy mala. Menudo disgusto se llevaría cuando el hijo del rey de la selva le confesara que el heredero al trono era vegetariano.

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