Ya no podría coger níscalos con tranquilidad. Estaba empapada, las tormentas ocasionales previstas se habían tornado en una lluvia torrencial. Ni siquiera veía por dónde caminaba, ni identificaba los sonidos del bosque, tan familiares en otras ocasiones. Le parecía oír susurros, crujidos, rugidos. Las nubes habían oscurecido la tarde antes de tiempo y Sara apresuraba sus pasos hacia su todoterreno. Le inquietaban aquellos ruidos, una voz desde su interior le dijo «vigila tus espaldas», pero el miedo solo la llevaba hacia adelante aun cuando se estaba desorientando por momentos. Las palabras volvieron a sonar repetitivas en su mente, el barro la había salpicado hasta el jersey, los pies se le quedaban pegados al suelo, sentía que no podía avanzar. Se llevó la mano derecha a la cabeza como intentando sacar las malditas palabras de su interior. Perdió el equilibrio y cayó, sonó como una piedra en mitad de un lago. Sonrío y pensó: «Ahora sí que la has liado, Sara» y, por fin, miró hacia atrás. Un animal enorme caminaba entre los árboles. Rugió. Sara trató de levantarse y huir, pero volvió a caer. El animal saltó y se quedó a escasos metros de ella. Era un león, con su preciosa melena empapada pero ondeando al viento. «No tenía sentido», pensó Sara y se levantó tan rápido como pudo. Corrió tan asustada que el miedo la impedía mirar atrás. Notó los pasos del animal siguiéndola de cerca. Por fin, llegó al coche, saltó a su interior y lo puso en marcha, la tracción a las cuatro ruedas reaccionó bien y la sacó de allí a pesar del barro y el agua. Ese otro rugido, el de motor, le dio cierta seguridad. Avanzó sin preocuparse demasiado, sintió el poder de los ejes reforzados con cada cambio de marcha. Recordó la seguridad y confianza que le dio aquel coche el día que salía del concesionario. Rió. La mente se escapa por laberintos absurdos en situaciones de estrés. 220 caballos deberían suficientes para ganar a un león en una carrera. Encendió las luces, y allí estaba el animal con su silueta recortada por los potentes faros, sus ojos brillaron en la oscuridad. Rugió y se abalanzó contra el coche. Sara gritó y se tapo la cara.


Unos faros respondieron justo en frente. Unas sirenas y unas luces de emergencia acabaron por desquiciarla. El león ya no estaba. «Habrá huido como el espíritu libre que es» pensó Sara. Lloró amargamente, enterró su rostro en sus manos. «Otra vez, no». 


Esta vez no se resistió. Salió del coche, al menos la lluvia era real, aunque no estaba en el bosque, ni tenía setas. Aceptó la medicación y la ayuda. Lloró y rió a la vez, nadie se sorprendió por ello, era lo normal. Sara agradeció a su mente aquella aventura y aquel momento de libertad y volvió al hospital. A través de la ventana miró a su coche empapado que tantos meses llevaba allí aparcado, recordó el rugido de su motor y durmió.

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