Nos arrastran a los tres de vuelta al campamento, empapados de pies a cabeza. El río era nuestro camino hacia la libertad y nos han arrancado de sus aguas. Mi última oportunidad para salvar a mis hermanos. Anemú, el mayor, camina delante con la cabeza hundida entre sus inmensos hombros. Por el rabillo del ojo veo a Kisai, mi hermanita, piel oscura sobre huesos quebradizos. 

Llegamos al campamento, que despierta agitado. Es un día importante. La infiel que acabó con nuestros poblados y nuestras familias va a visitarlo. Nos lanzan de vuelta al cercado, atestado de jóvenes arrancados de sus hogares. Sentada en el suelo abrazo a Kisai para calentarla mientras Anemú no aparta la mirada del suelo. Hace mucho que se ha rendido. Tú lo sabías, padre. Me dijiste que era distinto, que aunque pareciera fuerte por fuera, por dentro era débil. Que yo sería la leona que protegería a nuestra familia. 

Un rumor creciente anuncia su cercanía. Nos sacan y nos obligan a formar una fila. Un estridente sonido que no identifico precede su llegada. Un extraño artilugio se acerca envuelto en el polvo que arranca al camino. Nunca hemos visto nada parecido. Se mueve sin animales de tiro, gracias al molesto bramido y a las cuatro patas circulares que no dejan de girar mientras aplastan todo a su paso. Una caja verde sin tapa, de un material desconocido que parece más resistente que la piedra. Desde la parte delantera nos observa con sus dos transparentes ojos ciegos. Lo vemos pasar, atónitos. Sentada en su interior descubrimos a Nasha, nuestra captora, junto al soldado pálido que maneja la bestia sin alma, otro regalo de los extranjeros, como las armas contra las que de nada sirven nuestras lanzas. Se aleja y nos deja en compañía del asfixiante humo que escupe su endemoniada montura. Detrás camina un soldado sosteniendo la cadena que tira de un león flaco y lleno de cicatrices. Nuestro animal sagrado humillado, solo para demostrarnos que ni siquiera lo divino puede resistirse a su dominio. 

Nos conducen a la explanada donde ella decidirá nuestro destino. Los mejores serán entregados a los extranjeros y los más débiles al león. Miro a Kisai. Sé que la vida se le escapa como agua en una vasija rota. Nasha desciende de su bestia y se acerca.

—Habéis intentado escapar, cachorrillos. ¿Qué pensaría vuestro venerable padre? —Su risa me corroe las entrañas. Mira a Kisai—. Esta no sirve para nada. Entregádsela al león.

Me revuelvo, grito y enloquezco mientras se la llevan. No soy una leona. Intenté protegerles, pero he fallado. Y aún entiendo por qué.

—Te has ganado tu uniforme, soldado —anuncia Nasha.  

Anemú levanta la cabeza y da un paso al frente, sonriendo. Y yo por fin comprendo tus palabras. Él es distinto, es débil. Y esa debilidad le ha arrebatado su honor. Y, mientras Kisai da sus últimos pasos hasta el animal, comprendo también que yo no protegeré a mi familia, que me encargaré de que su sangre tiña el uniforme que Nasha le tiende.

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