Nadie sabría todo lo que le había costado llegar hasta allí. Cuanto esfuerzo y cuantas noches en vela, estudiando bajo la mortecina luz de su escritorio antiguos manuscritos.

Pero por fin se encontraba allí.

Le había llevado más de una semana cruzar la salvaje selva, pero sin duda el esfuerzo había merecido la pena.

Las imponentes ruinas de aquél templo perdido se alzaban por fin ante él. Por un momento le pareció como si se encontrase en aquella época en que los Mayas eran dueños y señores del lugar.

Estaba a un solo paso de cumplir su sueño y sintió como la emoción le embargaba de pies a cabeza.

Se acercó lentamente hacia las altas escalinatas y comenzó a subirlas poco a poco.

Nada ni nadie podría arruinar tan esperado momento.

El interior de aquél templo piramidal estaba completamente lleno de polvo, caído en el abandono desde hacía cientos de años.

Extrajo una linterna de su mochila y comenzó a acariciar las paredes en busca de algo que sabía que debía estar allí aunque no se viese. Sabía que había un tesoro, sólo tenía que descubrir cómo se abría la entrada secreta. Siempre había una entrada secreta.

No tardó en encontrar unas marcas en una de las paredes. Apartó con impaciencia las plantas que cubrían aquella húmeda pared y comenzó a recorrerlas una a una.

No se detuvo a analizarlas en profundidad. “Ya habrá tiempo después” se dijo.

Una palabra que decía algo así como Sucesor fue suficiente para animarle a seguir.

Lo que no sabría jamás era a qué se referían aquellas extrañas inscripciones.

La puerta comenzó a deslizarse suavemente, sin un ruido. Si hubiera sabido lo que le esperaba en su interior no habría tenido tanta prisa por entrar.

Había montañas de oro y hermonas joyas. También un trono completamente elaborado en el dorado material. No pudo evitar una risa triunfante.

Por fin lo había conseguido.

Se sentó en aquél trono y acarició los brazos dorados con delicadeza, sintiéndose grande y poderoso.

Entonces sintió cómo algo caía sobre su cabeza. Había algo tras él.

Se levantó sobresaltado y se quitó aquello, que no era otra cosa que la corona de oro más grande y magnífica que había visto en su vida. Pero no le hizo caso. Había alguien más con él.

Un rostro demacrado le dedicó una siniestra sonrisa. Llevaba ropas de otra época y estaba tan sucio y cubierto de polvo como todo en aquella sala, pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos invadidos por una inexplicable felicidad.

Puso un cetro dorado en las manos del explorador, que retrocedió aterrorizado.

-Disfruta de tu nuevo hogar- le dijo en un idioma que no entendió y salió de la sala.

Esta comenenzó a cerrarse sin que nadie accionase el mecanismo.

El sol del exterior quemó sus ojos, acostumbrados a la oscuridad de aquella sala de tesoros. Se sintió exultante, había roto la maldición.

Respiró hondo llenando sus pulmones con aire limpio.

Por fin era libre.

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