Ese muchachito de ahí, que se llama Telón y nunca está desprotegido, es un hechicero. Él aún no lo sabe, pero sus poderes son extraños, traspasan corazones, no solo límites. Es muy dulce, con un carácter amable y educado. A pesar de su corta estatura, cuando se pone de puntillas puede alcanzar los tazones colocados en los estantes más elevados. A veces vuela sin darse cuenta; cuando parpadea muy rápido, los pájaros a su alrededor comienzan a estornudar; su madre lo abraza siempre por lo especial que es, pero no podemos preguntarle a ella, porque todas las madres saben que sus hijos son únicos y especialísimos.

Entonces, mientras observamos todas estas peculiaridades, nos percatamos de que Telón tiene un guardián pegado a su espalda. Su presencia es invisible e impalpable; pero no por ello decide marcharse. Este custodio vigila que nadie se dé cuenta de los estornudos de las aves, ni de que los pies del niño no tocan el suelo. Y lo más curioso de todo es que por las noches, cuando los ojitos oscuros del chiquillo comienzan a cerrarse con pesadez, el guardián sube a través de un haz de luz hasta un luminoso buque metálico que oculta entre las nubes, más allá de la estratosfera y, entonces, tras cuidar un poco de su verdosa piel, que no aguanta bien las condiciones climatológicas de nuestro planeta, puede descansar.

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