Cuando el león le escupió, Mediaoreja rodó por el suelo, empapado en saliva. “Un aperitivo para luego”, pensó. “Ese ha sido siempre mi destino”. La imponente cabeza, coronada con una melena rojiza, se inclinó amenazadoramente sobre él. Su voz resonaba como un trueno.

—Es hora de que seas quien debes ser, ratón —dijo el felino, levantando después una zarpa.

Confuso, miró en la dirección que señalaba. Había jaulas de todos los tamaños, un vagón traqueteante lleno de animales —tigres, búfalos, cebras, monos, hipopótamos—, zarandeados por el movimiento del tren, hacinados sobre paja sucia, enfermos. Esclavos de circo, arrastrados de una ciudad a otra, cargados de cadenas. Él era un ratón de campo y había visto la carpa roja y blanca solo una vez, antes de colarse en ella, justo antes de que aquellas fauces inmensas se cerrasen sobre él y le capturasen. Pero sabía lo que era aquel lugar. Incluso en la boca goteante del león, había escuchado el látigo de los domadores, los golpes y los gañidos de dolor.

Ahora la uña afilada apuntaba hacia una puerta con una cerradura redonda. Una cerradura por la que quizá entraría un ratón. ¿Y después qué? ¿Qué esperaban de él?

Recordando dónde estaba se alejó del león a toda velocidad, atravesó los barrotes, se ocultó bajo la paja con su pelaje aún mojado, tiritando, presa del pánico. Corrió en zigzag, reptó, se escurrió, llegó a la puerta, trepó y con un esfuerzo supremo coló su diminuto cuerpo por el ojo de la cerradura. Su oreja cortada fue lo primero que salió al exterior, a la libertad. La había perdido cuando un gato había decidido usarlo como improvisado juguete. Sólo la intervención de su hermano mayor le había salvado.

Ya en el exterior vio pasar los postes de telégrafo en rápida sucesión. El tren, otro monstruo ciego construido por el hombre, surcaba la campiña y lo envolvía todo en una nube de humo de carbón, sus vagones rechinando, chispas y ruedas, metal contra metal, madera contra madera. Sonaban risas más adelante. Saltó ignorando los travesaños que pasaban vertiginosos bajo él, mortales si caía al vacío.

Una grieta bajo la puerta le permitió pasar al vagón siguiente. Quizá allí podría esconderse y esperar a que estuviesen parados. Entonces bajaría al suelo, se perdería entre los matorrales y buscaría el camino de regreso a su casa.

Había hombres allí. Bebían y asustaban a un cachorro de tigre, chasqueando un látigo y haciendo que tuviese que retroceder aterrorizado hasta una esquina. El animal temblaba. Temblaba de una manera muy parecida a la suya.


Sentado en su jaula, el león se preguntó si se habría equivocado con aquel ratón. En ese momento se escuchó un tintineo y desde el respiradero del techo cayó un objeto. Era el manojo de llaves que abría todas las cerraduras y candados del vagón.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 2 meses

    Un cuento estupendo cuya puntuación real es 22,37px, un tanto severa la penalización, creo.


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