El día que volví a casa fue el mejor en mucho tiempo. Habían adaptado mi antiguo cuarto a la situación. Se parecía a la habitación del hospital, pero también a un lugar acogedor.

—¿Cómo estás hoy? —susurró mi padre mientras los auxiliares terminaban de acomodarme en la cama.

—Bien, papá, bien. —Le sonreí.

Titania arañaba la puerta del cuarto rítmica e incansable. Lo miré expectante.

—Déjala pasar, por favor.

Él se mesó la incipiente barba. Pretendía salvarme de todo.

—Va a enredar en los cables, ya sabes cómo es.

—¡Venga, papá! —le exhorté.

Él volvió a pasarse la mano por la cara, preocupado.

—Solo mientras esté yo aquí —sentenció.

Solté una carcajada.

—¡Que sí!

La siamesa avanzó con paso silencioso, elegante, como una diva que sale al escenario. Clavó sus ojos azules en mí y maulló un reproche.

—¡Miauuu! —Saltó sobre la cama y se quedó un rato examinándome—. ¿Miau?

—Sí, soy yo, aunque no te lo parezca con esta jeta —confirmé solemne.

Me costó convencer a mi padre para que la dejase allí, no quería explicarle que necesitaba su ronroneo. Podía sentirlo incluso cuando la mujer de negro cerraba sus manos invisibles sobre mi cerebro. Al final, cedió.


Como temía, su silueta apareció nuevamente. Al principio no comprendí lo que me decía, pero poco a poco su voz de terciopelo se volvió inteligible. Era tan persuasiva.

—Te están engañando.

—¿Por qué?

—No es tu padre —continuó.

Tenía razón, mi padre era un hombre joven con el que construía castillos con maderas de colores. ¿Quién era aquel viejo?

La mujer de negro cruzó la habitación fundiéndose con las superficies brillantes, saltando de la percha del gotero al espejo, al vaso, a la jarra de agua, a la cucharilla de la medicina.

—Es un suplantador. —Su voz se volvió áspera. El reflejo de su rostro se trasladaba a cualquier punto que mirase—. Te da veneno. Poco a poco.

Era cierto, aquel hombre extraño, que decía ser mi padre, quería mantenerme débil. La enfermedad era un invento, una excusa para atarme a aquella cama.

El ronroneo de Titania me alertó. Bostezó, imperturbable, mostrando sus dientes afilados. La mujer de negro chilló y se alejó de la luz. La alucinación desapareció. La gata comenzó a acicalarse, lamió sus patas enguantadas en negro pasándolas minuciosamente por toda su cabeza. Vi a mi padre trayéndola a casa. Era pequeña y graciosa. Lo recordé repentinamente enseñándome a montar en bici, lo vi diciéndome "ten cuidado" cuando me subí a mi primer coche y conduje a Salamanca, a la universidad. Lo recordé joven y vital. Lo descubrí, cansado y encanecido, cuando se confirmó el glioblastoma en mi cabeza.

—Os quiero —murmuré mientras acariciaba el suave pelaje de Titania.

Ella cambió de posición con un gruñido, no estaba satisfecha del todo. Sus orejas negras me miraban, aunque sus ojos estuviesen cerrados. Era un faro que me decía: «Estoy aquí para que no te pierdas. El hogar está junto a mí».




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