—¿Cómo te encuentras hoy?

—Mal —los ojitos alegres de Lia me sacaban de quicio—, me siguen temblando las manos y tengo el cuerpo agarrotado.

—¿Te ayudo a sentarte? —dijo con dulzura.

Antes de responder ya se había inclinado hacia mí. Lo que empezó como un ligero temblor en los dedos creció hasta impedirme salir de la cama o mantenerme de pie sin bastón. Si me movía, era mucho más lento; si estaba quieto, no controlaba mi propio cuerpo. Era prisionero de mí mismo. El dolor tampoco ayudaba: apenas podía dormir, siempre me dolía la cabeza y cada vez tenía menos ganas de elaborar pociones. Si no fuera por Lia, la despensa estaría completamente vacía.

—Ya estás. —Sonrió satisfecha y puso los brazos en jarra, esa elfa estaba lista para todo—. ¿Hoy qué toca?

—Hay que restablecer el elixir de libertad y el tónico del oráculo... —Dudé, ¿realmente existía un tónico del oráculo?—. No, el de vitalidad... Sí, el tónico de vitalidad.

—Muy bien, a trabajar. ¿Llamo a Flora?

—Alguien tendrá que oler por mí —respondí molesto.

La gata corrió hacia mí en cuanto Lia silbó, su pelaje negro se volvía más grisáceo cada día y su barriga más grande, pero seguía siendo mi compañera. Llevábamos juntos desde mi primer vial del instinto, aquel brebaje azul completamente fallido me valió una mascota fiel y la intoxicación del mejor cazador del poblado. Sonreí internamente, había perdido la expresividad de la cara tiempo atrás, pero Flora se dio cuenta y ronroneó mientras se acurrucaba sobre mis piernas. Me moví con lentitud y la acaricié, su ronroneo me relajaba.

Podía soportar estar tumbado casi todo el día, tropezarme con mis propios pies, dictar los pasos de las fórmulas y pasarme las noches en vela enfadado conmigo mismo por todo lo anterior, pero no poder cuidar a mi gata era lo más doloroso. Había perdido mi estabilidad, mi carisma, mi olfato y, dentro de poco, mi vida. Todos lo sabíamos, incluso los alejados druidas del pantano, y entonces no habría nadie que curase a los demás.

—¿Podrías leer el libro? —pregunté como quien no quería la cosa.

—No sé de qué me estás hablando —contestó distraída mientras tarareaba unas notas sueltas—. ¿Son tres hojas de arce o cuatro de sauce?

—No me cambies de tema, Lia, has hecho esa poción mil veces.

El enfado repentino me costó uno de los temblores más fuertes hasta la fecha. Necesitaba calmarme. Respiré profundo y tragué la saliva acumulada mientras ella se acercaba hasta la cama, llevaba dos frascos iguales que debería haber etiquetado.

—¿Qué dice el libro humano?

Flora maulló cuando reconoció la esencia de hueso de mantícora y Lia no pudo seguir estirando la respuesta.

—Que la próxima etapa del Parkinson es que no puedas moverte. —Intenté asentir e ignoré su gesto de tristeza—. Encontrarán al próximo curandero antes de que sea demasiado tarde, te lo prometo.

—Más les vale o se quedarán sin maestro.

Lia sonrió con amargura, Flora bostezó y mi mente viajó a tiempos mejores, tenía que escapar de esa habitación aunque fuera por recuerdos.

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