Amy Saunders acababa de despertar, y solo podía pensar en abrazar a su gato Botas. La casa olía a castañas asadas y la habitación bañada en una pesada luz otoñal. Mientras salía de su ensoñación, una suave vibración sobre su pecho la sacó de sus reflexiones. Como cada mañana, Botas ya había subido a la cama y ronroneaba en su regazo para darle los buenos días. 

—Oh, Sue, saca el gato de ahí, por Dios, el reverendo Morris debe estar a punto de llegar. —Amy reconoció la voz de la abuela Liza. ¿Pero qué hacían en su habitación? ¿No pensaban dejarla dormir más? Se sentía demasiado agotada y dolorida.

—Vamos, minino, fuera de aquí.—Botas saltó ante los aspavientos de tía Sue y se marchó indignado entre maullidos. 

—Buenos días, ¿Podéis dejarme en paz, por favor?—Trató de decir. Pero las palabras no salían de su boca. Tampoco podía abrir los ojos. Ni moverse. Sentía que estaba ahí, que seguía consciente, pero que el cuerpo que una vez fue suyo, ya no le pertenecía. 

—Sue, ¿Ya dejaste todo arreglado para el entierro?—Dijo la abuela, sentada a los pies de la cama,mientras le quitaba los pelos de gato de su vestido.— Señor mío, mírala, está aún más preciosa que nunca. Si parece que está dormidita.—musitó entre dientes, peinándole el flequillo con los dedos.

—Sí, mamá—Sue respondió desde el quicio de la puerta. Ahora viene el reverendo Morris a darle su última despedida, y luego ya subimos todos al coche de caballos y vamos al cementerio. Veremos si no llueve, mira que nubarrones más negros se ven tras las montañas —dijo con la mirada perdida a través de la pequeña ventana.

—Ay mi pobre angelito.—Acarició con dulzura su mejilla, tras alisarle la pechera del vestido con la palma de la mano. Un caricia tan cálida y reconfortante como futil y dolorosa. —Sue...—La voz de la abuela se quebraba al hablar.—Sé que es una tontería, pero ¿Cómo es el ataúd?¿Trae campanilla? 

—Madre, por favor, no me venga ahora con esas supercherías.—Contestó airada.—El doctor Philips aseguró que había sido un infarto fulminante, se aseguró que su corazón no latiera y tampoco se movían los pulmones, no empiece otra vez con eso.

—Ay Sue, es que nunca me quito de la cabeza aquella historia del bisabuelo Charlie.—Perdió la mirada en el cuadro de la pared, buscando algún punto de su pasado.—No me hagas caso, hija, déjalo.

Sonó el timbre. En ese momento, Amy quería gritar. Hacer oir al mundo que seguía allí, que seguía viva. Que solo necesitaba tiempo. Que su cuerpo no era como los de los demás. Que todo había sido un error. Solo deseaba que la pesadilla terminara.  

Horas después, exhausta y sumida en la oscuridad, tras escuchar caer las paladas de tierra sobre su féretro, la tormenta había dispersado ya a los asistentes a su funeral. Consiguió , por fin,mover ligeramente el dedo índice. Pero ya de nada sirvió, puesto que no había ninguna campana que tocar en ese ataúd, el más barato, ni nadie cerca que pudiera oírle gritar.

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