Parpadeo. Sigue ahí, a mi lado. Mi pequeño gatito rayado sigue con su ronroneo continuo y grave, como la nana que papá me cantaba antes de acostarme o las olas del mar que me acariciaban los pies el verano pasado. Me duelen los dedos de querer acariciarlo. Me duele todo el cuerpo, desde los callos de los pies, las úlceras de la espalda, los codos, las muñecas y el cuello. Espero no sentir nada algún día. 

Parpadeo. Es todo lo que me queda y voy a seguir aferrándome a mi parpadeo hasta mi último día.

—¿Señora Kingsleigh? —Maldito Ciempiés, nunca me deja en paz—. ¿Cómo se encuentra hoy?

—Estupendamente, ya lo ve —la voz me suena extraña, rota y rasgada. Carraspeo para poder comportarme como una señorita tal y como me enseñó Margaret—, ¿y usted?

—No se levante, querida —me aconseja Tweedledum. ¿O es su hermano? No, no, debe ser Tweedledum, es el mejor de los dos—. El doctor terminará enseguida.

—Me duele, Tweedle —confieso en voz baja, para que no me escuche Ciempiés.

Con él sí puedo decir la verdad, me cuenta chistes y cuentos, y me anima a decir trabalenguas. No me juzga como Ciempiés que siempre esconde sus brazos y piernas en su bata blanca. Sigue fumando de su pipa, qué ordinariez. Un verdadero caballero no fuma en presencia de una niña indefensa.

—¿Mañana podremos ir a la rivera? —pregunto, insegura—. Margaret debe de estar preocupada por mí.

—Mañana a primera hora estará usted allí. —Tweedledee me coge la mano y me la aprieta con suavidad. Siempre ha sido muy bueno conmigo, me cuenta chistes y cuentos, y me anima a decir trabalenguas—. ¿Quiere que le haga la maleta?

—Prepara el equipaje de mano —sugiero mientras Ciempiés me toquetea por todos mis músculos agarrotados con su crema del demonio. Mi pequeñín rayado le hace espacio para que pueda llegar a las heridas de mi espalda.

Tweedledum asiente y camina raudo y seguro hasta mi ropero, donde empieza a sacar los vestidos más brillantes y los sombreros más floridos de toda Inglaterra. Ah, ya sabía que podía contar con él. No como su hermano que solo me cuenta chistes y cuentos.

—No debería hacer ningún viaje, Alicia —susurra Ciempiés, pasando sus millones de dedos por mi piel—. Es usted muy mayor, sus huesos están muy frágiles.

—Tengo que ver a Margaret. Me dijo que debía enseñarme Historia. ¿Tendrá dibujos el libro? —Parpadeo. Esta vez cierro los ojos durante demasiado tiempo, pero siempre los abro—.  Me gustaría que tuviera dibujos, si no es un aburrimiento estar con ella, ¿sabe usted?

Me han dejado hablando sola. Pero no es la primera vez. Al menos tengo a mi pequeño que sigue a mi lado, ronroneando.

—Ven aquí, pequeño. —Cheshire abre los ojos, su mirada esmeralda y dorada parece reírse como siempre ha hecho, pero ya no sonríe tanto como antes—. Quédate conmigo, ¿vale? Promete que te quedarás conmigo y, a cambio, te contaré la vez que me caí por la madriguera de un conejo blanco.



Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 25 días

    Muy pausado pero con mucha sustancia, muy interesante como has usado a Alicia y a los personajes del País de las Maravillas. No entiendo la nota (me pasa bastante XD )


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