Hundió la mano en el cálido pelaje de Tigrillo. El gato se había aovillado en su regazo y ronroneaba complacido por el calor y los mimos. De vez en cuando se desperezaba con un bostezo que dejaba a la vista sus colmillos y le dedicaba una mirada perezosa antes de proseguir con su siesta. La fascinaba aquel animal, que se había convertido en casi su único divertimento desde que una infección la dejase paralizada de cintura para abajo.

—Mielitis transversa —había anunciado su médico con voz lúgubre.

A sus doce años, a Susana le supo a condena a muerte. A una muerte en vida.

—Al menos te tengo a ti —suspiró.

Tigrillo abrió un ojo, de un dorado incandescente, y restregó la cabeza suave contra su mano. Los felinos terráqueos eran tan populares que se había puesto coto a su importación. Durante la exploración de la galaxia los colonos habían llevado a muchas de aquellas criaturas consigo pero, tras siglos de selección, esos animales poco tenían que ver con sus ancestros. En Navia, un planeta del Sector Galáctico 4 dedicado a la producción agrícola, Tigrillo era probablemente el único de su clase.

—Pero eso te da igual, ¿verdad? —Le rascó entre las orejas.

Recordaba el día que su padre se lo había traído, después de haber removido cielo y tierra para conseguirlo. Una bolita de pelos chiquitita y osada que olisqueaba cada rincón y se apoderaba de cada espacio elevado, contemplando los dominios de los que ya era amo y señor

—Llegué a odiarte, ¿sabes? —admitió—. Tan ágil, tan libre... Y yo aquí, sin poder moverme. —Movió la cabeza hacia la ventana, hacia los cielos de nubes irisadas con el atardecer. Pronto aparecería la primera de las lunas y, poco después, la noche se salpicaría de estrellas.

Eran pocas, según le contó su padre de niña. En otros planetas más cercanos al centro de la galaxia sus noches estaban cuajadas de luces. Se preguntaba si Tigrillo las habría visto, en el Viejo Mundo, donde su sol no era artificial y la cirugía que salvaría sus piernas no era considerada tabú. Una aberración contraria al orden natural de la creación.

Cerró los puños.

«No saben lo que es perder algo así, como un pájaro sin sus alas. Si lo supieran no se opondrían a esos avances».

Cuando fuese mayor de edad, se enrolaría en el Gremio de Mercantes. Abandonaría Navia para siempre si era necesario y volvería a caminar. Renunciar a su estatus de humano puro era un precio muy bajo.

—Algún día. —Apretó los labios en una línea firme. Los ojos le ardían pero se negaba a llorar—. Aunque tenga que marcharme. Aunque no me permitan regresar podré andar. Podré volar. Y veré más estrellas de las que nadie en Navia ha visto jamás.

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