La primera vez que oí el ruido eran las doce de la noche. Era sordo y vibrante, como si algo estuviera rodando por detrás de la pared. Yo me había quedado dormida apenas dos horas antes. El ruido me despertó en mitad de uno de esos sueños en los que volvía a caminar; uno de esos sueños que me devolvían a la infancia, cuando la esclerosis aún no se había manifestado.

Giré el cuello todo lo que pude e intenté encontrar el origen del ruido, pero no vi nada extraño.

—¡Josh! ¡Josh!

Mi marido apareció en la puerta con el pelo revuelto y unas ojeras que le caían hasta los pies.

—¿Qué necesitas?

—Hay algo en la habitación —dije. Josh se paró delante de la cama y me miró con el ceño fruncido—. Lo he oído.

—¿Qué has oído?

—Era un ruido. —Volví a girar el cuello en dirección a la pared—. Venía de ahí.

—Vamos a ver. —Josh revisó la habitación de manera concienzuda. Abrió los cajones y miró debajo de la cama. Cuando terminó, meneó la cabeza—. No hay nada. Venga, duérmete. Has debido soñarlo.

Josh me dio un beso en la frente y salió de la habitación. Yo estuve durante unos minutos atenta, pero no volví a escuchar el ruido. Cerré los ojos y soñé con mi infancia y con las calles del pueblo que solía recorrer en bicicleta cuando tenía ocho años.

La noche siguiente, lo volví a escuchar. Esta vez era más tarde, cerca de las dos de la madrugada. Tuve que gritar mucho para despertar a Josh, que dormía en la habitación colindante. Desde que la esclerosis me había dejado postrada en la cama, él había tenido que buscar otro sitio para dormir.

Josh volvió a registrar la habitación. Yo lo miraba con la cabeza pegada a la almohada y seguía sus movimientos con los ojos. Tampoco podía hacer mucho más.

—No hay nada. —Josh se encogió de hombros.

—¡Lo digo en serio! —grité. En mi cabeza mis manos se levantaron y golpearon el colchón—. No me lo estoy inventando.

Algo parecido a un arañazo sonó por detrás de las puertas del armario. Josh se acercó. Lo abrió despacio y soltó un grito.

—¿Qué ocurre? —pregunté. El vello de los brazos se me erizó.

Josh cogió algo del interior del armario.

—Ven aquí, chiquitín. —Se acercó a la cama y dejó caer sobre mis piernas una bola peluda de color naranja—. Aquí lo tienes. Tu misterioso visitante nocturno. Bob, el gato del vecino.

El animal se hizo un ovillo entre mis piernas y empezó a ronronear. Podía sentir la vibración en mis músculos inmóviles.

—¿Quieres que se lo lleve al vecino? —preguntó Josh.

—No. —Sonreí—. Déjalo un poco más aquí.

Me dormí entre los suaves ronroneos de Bob. Desde ese día, el gato del vecino me hace compañía todas las noches, ronroneando entre mis piernas inertes hasta que ambos nos quedamos dormidos. Él no sé con qué sueña; yo lo hago con mi yo de ocho años en bicicleta y con los ronroneos de un gato acariciando mis piernas.



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