—¡No puedo! —Puso aquella voz severa y se cruzó de brazos en el cesto de mimbre que le hacía de cama.

—Miau —maullé desde lo alto de las escaleras. Jeremías no reculó en su postura, ni siquiera titubeó cuando me vio bajarlas con lentitud. Primero la pata izquierda y luego la derecha, como mamá me enseñó.

—Que no, no lo entiendes. Con solo pensar en salir afuera, se me pone la piel de gallina y me entran escalofríos. Es aterrador, Bolita —bufé al oír ese nombre que tantas veces le dije que no usara conmigo. ¿Acaso yo le llama «bajito» o «barbudo»?—. Vale, perdón, tienes razón. Es culpa mía. Se me ha escapado. Como ves no estoy en mi mejor forma, entiéndeme, por favor, solo te tengo a ti.

Acabé de bajar las escaleras y estudié la situación. Después de que una paloma dejara caer irrespetuosamente un regalito sobre Jeremías, el gnomo se había acobardado. Era curioso cómo había soportado los berridos humanos, el pis apestoso de los felpudos con patas que había destrozado parte de su reino y hasta la sequía del mismo, pero una cagada como aquella no. El pobre gnomo estaba abatido.

Me lo había encontrado una noche tras una de mis rondas vigilando el perímetro, cuando regresaba al sótano para reposar la cabeza, este ocupaba mi cesto. Pero me había dado tanta lástima, que ni un zarpazo pude darle. No es que se hubiera apropiado de mi cesto, solo era provisional. Solo eso.

—¿Miau? —pregunté con ahínco. A la vez que me relataba cómo se sentía me dispuse a lavarme las patas, a peinarme. A veces levantaba la vista, sobre todo cuando se trababa. Dar un poco de atención no hace daño a nadie. Cuanto más le diese, más confianza tendría y antes dejaría MI cesto.

—(...) me aterra el mundo. —Me hizo saber finalmente al tiempo que se cubría con mi manta.

Con mucha paciencia me acerqué. Trataba de serenarme del todo mientras avanzaba. La elegancia sirve para eso y para mirar el mundo desde lo alto entre tanto creas la estrategia de lanzarlo por la mesa y observar cómo se hace añicos. Me relamí el hocico al saborear el caos que provoca un cristal estallado contra el suelo.

Me adentré en mi cesto y ronroneé pensando en los gritos de horror. Cerré los ojos, feliz, al recordar cómo caía a cámara lenta hacia la superficie, cómo aguantaban la respiración antes de que cayese, cómo les costaba luego encontrar cada pedazo y cómo se cortaban. El brotar de la sangre. Oh, la sangre, ronroneé con más fuerza al recordar el olor de la sangre.

—Gracias, desde que te conozco me siento mucho más seguro. No sé que habría hecho sin ti y tu hospitalidad. —Creí escucharle hasta que me quedé dormido.

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