Debido a la ansiedad, sentía como si un bloque de homigón me oprimiese el pecho. Hacía tres días que no había tenido fuerzas para levantarme de la cama y no tenía esperanza de que mi situción mejorase. Mi pelo graso caía sin vida en finas hondas sobre mis hombros y mi pijama tenía manchas de la sopa que había cenado el martes. Mis padres me habían amenazado con llamar al médico, pero al final no lo hicieron. Ellos también tenían miedo.

La única presencia que podía tolerar era la de mi gato. Mr. Darcy se subía a mi mugrienta cama y se acurrucaba a mi lado para que lo acariciase. En el momento en que mi madre entró en la habitación, estaba ronroneando.

—¿Hoy tampoco vas a ir a clase? —dijo enfadada.

—No... no puedo. —Tenía la garganta cerrada y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para pronunciar aquellas palabras.

—¿Qué te duele hoy? —Mi madre empezó a pasearse por la habitación sin dejar de torturarme con sus ojos inquisidores. Decidí no responder. —Voy a llamar a tu padre.

En quel momento quise huir, pero sabía que todos mis intentos eran inútiles. Tenía que pasar por esta vil tortura una y otra vez y las personas que debían protegerme y cuidarme ni siquiera hacían un esfuerzo por entender qué me pasaba.

—¡Lévanta! —gritó mi padre nada más entrar por la puerta.

—No... no puedo —dije de nuevo.

—¡He dicho que te levantes! —Mi padre empezó a tirar de mis brazos y yo comencé a llorar.

Al final decidió dejarme en paz, como todos los días. Mr. Darcy siguió ronreneando hasta la hora de la comida. Entonces mi madre entró con una bandeja y acompañada de un hombre que yo no conocía. El gato salió huyendo, pues odiaba a los extraños tanto como yo.

—Te vas a venir conmigo.

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