Ella estaba acostada en una estrecha cama con un cabecero de metal blanco decorado con ornamentos florales. Su pintura desconchada dejaba al descubierto manchas de óxido. Una luz lúgubre y una brisa gélida entraban por una ventana sellada con barrotes de acero.

—Has venido —dijo Amaia con voz rasgada.

—Si claro. —La sonrisa de Cosme era como siempre, esperanzadora y amplia bajo sus cejas blancas y gruesas—. ¿Qué esperabas?

—No sé, pensé que no te volvería a ver —suspiró—, que moriría aquí sola.

—Eso nunca —respondió el viejo.

Hubo un momento de silencio entre ellos. Como si compartieran algún recuerdo sin hablar.

—Mírame. —Amaia giró la vista hacia sus piernas—. Estoy condenada a una cama por el resto de mi vida. Cuando Montoya vino a buscarme no pude hacer nada más que mirar como una estúpida.

—Ya sabíamos que esto ocurriría tarde o temprano y no tomamos las medidas necesarias. —Agarró la mano de Amaia con ternura—. Pero esto no es el fin. Ahora estoy aquí.

Amaia recordó el día que tuvo el primer problema de coordinación, después como poco a poco fue perdiendo movilidad. Los rumores no tardaron en llegar a la congregación y probablemente fue entonces cuando Montoya empezó a planificar su venganza. No mucho después se encontró sola en esa habitación, esperando el final. Sus grandes ojos verdes se cargaron de lágrimas.

—Me cuesta creer que seas tú Cosme. Ya no sé distinguir la realidad. Puede que todo sea un sueño y que en cualquier momento me despertaré sola otra vez, inmóvil en esta cama.

—No, yo soy real. Estoy aquí. He recorrido valles y montañas, pueblos remotos y grandes ciudades. He abierto puertas que nunca pensé que abriría, me he enfrentado a desafíos que nunca pensé que superaría pero te he encontrado. En muy poco tiempo estarás en casa.

—¿En casa? — Sus ojos cobraron un brillo inesperado —. ¿Y Montoya?

—No te preocupes por Montoya. No dejaré que haga daño a nadie más. —Le acarició la mejilla con ternura—. Nos vemos pronto.

El viejo estiró su brazo y extendió el índice apuntando a la ventana enrejada. Cerró los ojos y a los pocos segundos una intensa luz blanca empezó a crecer alrededor de su dedo.

El doctor Montoya saltó sobresaltado en su silla. Un estruendo había hecho vibrar las paredes de la biblioteca. Sabía muy bien de dónde venía. Corrió al ático y abrió la gruesa puerta de acero que sellaba la celda. La pared donde estaba la ventana de rejas se había derrumbado. La cama y Amaia habían desaparecido. Saltó hacia el hueco donde solía estar la pared y le pareció ver la silueta de una cama recortada en el horizonte volando a gran velocidad en dirección a las montañas.

—¡Igor! —gritó—. ¡La bruja ha escapado!

De pronto, un inesperado ronroneo llamó su atención. Un gato negro de enormes ojos amarillos enroscaba su larga cola entre sus piernas.<<¿Qué hace este gato aquí?>> pensó antes de morir.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.