Una de las cosas que más la agotaban de la esclerosis múltiple era tener que pedir ayuda. Cada petición era un recordatorio de lo que ya no podía hacer por sí misma. «Ponme el móvil a cargar, por favor», «Cámbiame la bolsa, por favor», «Sube la persiana, por favor», «Baja la persiana, por favor». Por favor, por favor, por favor. Lo decía tantas veces que sentía su valor perdido.

Por eso le gustaba la compañía de Quib. El gnomo acudía cada noche a su lecho sin que se lo pidiera —el único al que se lo permitía, claro—, se comía las galletas que su hermana le dejaba en la mesilla de noche y la ayudaba a cambiar de postura cuando se le dormían las piernas (el hombrecillo tenía una fuerza increíble para lo pequeño que era).

—¿Por qué sigues viniendo? —le preguntó Elera esa madrugada—. Yo no vendría a este mundo tan aburrido teniendo ese otro del que procedes.

Cuando no podía dormir, Quib le contaba historias del Maravilloso Mundo de Magnolia. En él, decía, los ríos eran de chocolate y no existía el trabajo precario.

—Me gustan las galletas de tu hermana —respondió el gnomo—. Están sosas.

—¿Cómo puede estar bueno algo soso? —Rio.

Quib se encogió de hombros antes de contestar:

—En «mememé» todo está demasiado dulce.

No era la primera vez que Elera escuchaba al gnomo llamar así a su tierra, pero le seguía haciendo gracia. Quib le explicó que era la forma más común entre nativos de hablar de Magnolia debido a la triple M de su nombre oficial, aunque no le supo aclarar por qué se expandió tanto su uso.

Una vibración bajo el colchón borró entonces la expresión tranquila de la cara de la chica. El corazón se le subió a la garganta; tanteó entre las sábanas para buscar la mano de su amigo, tan pequeña como una almendra.

—Otro terremoto. —Apretó los dientes; de haber podido, habría apretado también la mano del gnomo que sostenía a duras penas.

—No te preocupes, mujer, pasará pronto.

—Eso era antes, Quib. —Suspiró—. Cada vez son más frecuentes.

—No se compara a vivir en la colina de la gelatina, te lo digo yo, que viví en ella diez años.

Elera cerró los ojos y se concentró en su voz.

—Háblame de ella —murmuró.

—Oh, está bien. Bastaba un estornudo para que todo se pusiera a temblar…

El terremoto persistió durante horas, las que tardó el gato en abandonar el regazo del gigante. Sus ronroneos podían tener consecuencias desastrosas para la colonia de humanos que se había asentado en su lomo; no contaban con que el animal fuese adoptado tan pronto.

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