Doña Mari llevaba ya mucho sin mirar a ningún lado más que aquella casa de pueblo donde la esperaba su madre. Recordaba aquella época, en que corría por las calles de Espiel hasta el edificio de dos pisos. Entraba siempre saltando al viejo perro guardián, que ya no levantaba la cabeza. Y corría hasta la cocina, donde su madre cantaba entre fogón y fogón, lanzando  de vez en cuanto un pedazo al gato que ronroneaba feliz des de su silla designada.

—    Yaya — la llamó una voz.

Intentó enfocar el rostro de la chica que tenía delante. Aun con las cataratas alcanzó a ver la silueta de un rostro.

—    ¿Cómo estas hoy? ¿Tienes hambre? — preguntó.

Un solo murmullo salió de la boca de la anciana, algo que bien podría ser un sí o un no, así que la muchacha decidió ignorarlo.  Dejó los dos boles de papilla sobre la mesilla y se propuso empezar a darle el sustento. Con ella, llegaron esas preguntas que repetía un día tras otro, con la esperanza de tener respuesta.

—    ¿Qué tal el baile?— alzó la cuchara para llevarla a la boca de la mujer, sabiendo que tampoco habría respuesta a aquella pregunta.

La mente de la anciana intentaba encontrar ese baile. ¿Fue hace poco? ¿Con quién fue? ¿Qué se celebraba? Noto el sabor de la papilla de verduras, que sin masticar, tragó.

—    ¿Cuánto hace que no vienen a visitarte los tíos?— continuó cucharada tras cucharada, limpiando aquello que caía por los bordes de la boca.

Seguía tragando, mientras su mente intentaba identificar a aquellos tíos. Su mente volvió a Espiel. El tío José siempre traía un conejo a principios del verano, que ella cuidaba con devoción. Uno diferente cada año.

—    ¡María de la Oh!— cantó la joven harta de no obtener respuesta.

Solo obtuvo un movimiento de cabeza. Hacía ya varios meses que la abuela Mari había dejado de cantar los versos de su canción favorita, y años des de qué respondió su última pregunta. Alba ya ni siquiera recordaba un tiempo antes de que la demencia atacara, en que ella era muy pequeña, y la anciana podía comer por sí misma.

—    No sabes ni siquiera quién soy yo— recogió los cubiertos y los platos a medio acabar.

Odiaba tener que hablarle a aquel vegetal en que se había convertido su abuela. Dejo el cuarto con gesto aburrido, permitiendo a Doña Mari volver a casa de su madre. Sentada en la cocina con el gato sobre las piernas, mirando las volutas de humo que escapaban de la olla.

—    Ahora Mari — se giró la hermosa mujer hacía ella con una sonrisa en el rostro—. Repite conmigo la receta de la poción para olvidar…

Si no se le hubiera caído encima toda la marmita hacía ya cinco años, habría agradecido no haberle enseñado nunca a su propia hija la receta. Pero solo alcanzaba a recordar el viejo pueblo, y nunca podría recordar más.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.