Nunca imaginé que ocurriría algo parecido. Estar tumbado en una camilla instalada en la casa de mi infancia, cuidado por mi madre y sin poder hacer absolutamente nada. A penas podía girar la cabeza, miraba el techo marrón clarito y la lámpara del Ikea colgada de este. Era ridículo.

—¡Toc, toc ! —dijo una voz agradable, proveniente de la puerta—. ¿Puedo pasar?

—Sí, claro. —Era Sindy, esto me sacó una leve sonrisa—. Mi casa es tu casa.

Los pasos eran lentos, no denotaban la seguridad de siempre. Por la derecha de mi campo de visión apareció su pelo rojo y deslumbrante. Con esfuerzo, pulsé el botón de la camilla, y se reclinó la espalda hacia arriba. Sindy, se sentó al borde de la cama, y con una sonrisa me acarició el pelo.

—¿Cómo estás? —peguntó, preocupada.

—Todo lo bien que puedo estar... —Era mentira—. Pero me siento frustrado por no poder salir y luchar como antes.

—Sabes que no puedes... al menos hasta que no te recuperes —puntuó, dejando un énfasis en la parte final, que no sonaba nada bien.

—Sabes que eso no va a pasar... —Hacía tiempo que ya había aceptado la realidad, lo cual era aún más frustrante.

En ese momento, Gwen, mi gata, entró por la puerta, se subió a la cama de un gran salto, y se me acercó ronroneando y restregándose, ignorando a Sindy.

—Hola Gwen... -dijo cariñosa, acercándose a ella—. Ven aquí bonita.

Esta la apartó y se quedó a mi lado.

—Lo siento... nunca le has gustado mucho.

—Lo sé —soltó, secamente.

Sindy se levantó, su expresión había cambiado. Se acercó a la ventana, sin mirarme

—En la oficina empiezan a preguntarse qué te ha pasado. Algunos empiezan a relacionarlo con la desaparición de Star Fighter. Incluso tu madre. —Se giró, con los ojos llorosos—. No me gusta mentirle a ella.

Se me abalanzó y empezó a llorar encima mío. No podía moverme para consolarla, solo hablar, y eso nunca se me dio muy bien en estas situaciones.

—No me gusta que te sientes así. —Había reflexionad mucho lo que estaba a punto de decir—. Creo que tendré que mostrar mi verdadera identidad. La gente debe saber la verdad, y tú tienes que dejar de sufrir.

Gwen se restregó, ronroneó y se hizo una bola, poniéndose a dormir.

Sindy sonrió, tenía los ojos llenos de lágrimas, con la mano derecha se las secó y sentó al lado izquierdo de la cama, al opuesto que la gata.

—La gente de Lake City merece saber quién es su héroe. —Me besó—. Me alegro que pienses eso.

Acarició a Gwen, despertándola y devolviéndole una mirada de desprecio; sonrió y salió de la habitación.

Realmente tenía que confesar, pero no ahora, no en este estado. La lesión en la columna fue luchando contra MegaNoir, el gran villano, que por suerte había sido vencido... Pero los posibles villanos emergente no podían saber que el gran súper-héroe, defensor de la ciudad, estaba encamado de por vida.

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