La miraba con dulzura, agradecido por haber podido compartir una vida juntos. Después del paso del tiempo, le sorprendía descubrir que, escondida detrás de las arrugas, sus ojos aún reflejaban la frescura y vivacidad de aquella joven amante de las magdalenas que había entrado a la pastelería hacía ya casi 50 años. Y de la que seguía enamorado.

Recordaba, como si fuera ayer, la primera vez que sus miradas se cruzaron. Fue tal el impacto que hasta ella se olvidó de lo que había ido a comprar. Solo sonreía, sonrojada. A partir de ese momento sus vidas se unieron para siempre. Para rememorar ese día, cada aniversario lo celebraban con magdalenas, tantas como años cumplían.

Sin embargo, desde hacía ya algún tiempo, ya no era un acontecimiento alegre sino de añoranza.

Con lágrimas en los ojos, colocó las siete magdalenas con su vela correspondiente delante de la fotografía de su amada esposa. Suspiró y apagó las velas, deseando en lo más profundo de su ser reunirse con ella.

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