Me despierta un fuerte ronroneo en el oído. Se mezcla con los pitidos lentos y continuos del monitor cardíaco que mide mis constantes vitales, un ruido al que ya estoy acostumbrado. Los continuos ronroneos del gato son bastante tranquilizadores a su manera, si puedo oírlos es que mi corazón aun resiste.

No sabemos de dónde salió el gato. Debe de ser como nosotros, otro prisionero de sus experimentos. Le llamé Negro para que Alex, que no puede ver, sepa de qué color es. Ahora es nuestra mascota, suyo y mío.

Me incorporo con algo de dificultad mientras me las apaño para acariciar a Negro. Toso varias veces y me llevo la mano libre al pecho dolorido.

—Estoy de aquí, Fede. —La voz de mi amigo ejerce el efecto calmante de siempre aunque me pilla por sorpresa.

—¿Alex? —pregunto extrañado. Se supone que debería estar en su habitación—. ¿Me das agua? —Odio lo débil que sueno. Es cuestión de tiempo que mi corazón, débil desde que nací por una cardiopatía, se agote del todo y deje de latir. Un trasplante podría haberme salvado la vida pero estamos aquí atrapados como ratas en un laberinto. Y no hay órganos nuevos para las ratas de laboratorio, aunque sean únicas en el mundo.

—¿Queda?

—Sí —contesto con dificultad. Toso por lo seca que siento la garganta.

Alex se levanta de la silla que ha acercado a la cama. No duda al moverse por la habitación, la conoce bien, pero tiene que tantear por la mesilla para no tirar el vaso medio lleno de agua con una pajita de plástico dentro. Lleva puestas unas gafas con los cristales oscuros. Siempre las utiliza, son su seña de identidad.

Me siento mejor al beber un poco aunque casi no tengo fuerzas. Hace semanas que esta cama se ha convertido en otra prisión más. Una enfermera me da baños de esponja cada noche y otra pasa varias veces al día para cambiarme la cuña y traer comida. Como si esto fuese un hospital de verdad en vez de un laboratorio ilegal que se aprovecha de dos adolescentes que han sobrevivido a un raro accidente.

—Tienes que salir de aquí, tío —le digo cuando le devuelvo el vaso.

—Ya lo sé. —Vuelve a sentarse, muy serio y preocupado por mí. No me gusta verle así, ya ha sufrido demasiado.

—Aprovecha y explora el terreno. Si te pillan puedes decir que buscabas a una enfermera o algo así.

—Prefiero quedarme contigo.

—Deberías aprovechar esta oportunidad —le insisto con más ganas pero no entra en razón.

—Estamos juntos en esto. Hasta el final —Me ofrece el puño cerrado para que lo choque, para sellar nuestra promesa.

—Hasta el final —repito, agradecido por su lealtad y le devuelvo el gesto de la única forma que puedo: contándole, otra vez, hasta el último detalle de todo lo que he visto en los años que llevamos aquí encerrados y ayudándole a pensar un plan de fuga—. ¿Repasamos lo que sabemos?

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