Como cada mañana, Amanecer penetró en la habitación... Ronroneando; de un salto subió a la cama para dar los buenos días a Alberto. –El ritual consistía en bruñir su cabecita felina por la mejilla de Alberto hasta que éste se despertaba.


–Buenos días, Amanecer –dijo Alberto, ofreciéndole su mejor sonrisa. 

–Miauuuuuu –respondió Amanecer, mirándolo a los ojos.


 En ese momento ya estaba encima de su pecho. Amasándole con sus manitas delanteras, como los gatos hacen con los seres a los que aman. –Ese era el segundo paso del ritual matutino, el cual se había convertido en tradición.


 Pese a que Alberto no podía moverse ni sentir nada de cuello para abajo. Sí conseguía notar un calor y un aroma peculiar cuando Amanecer masajeaba su pecho.


 La vida de Alberto cambió sustancialmente desde hace 3 años. “Fue en un pueblo con mar, una noche, después de un concierto“. Cuando su recién esposa, y él mismo, viajaban en su moto con sidecar de estilo vintage. Fueron arroyados por el todoterreno de un miserable que conducía borracho.   


 Ella murió en el acto, y Alberto quedó tetrapléjico de por vida.


 El día que a Alberto lo dieron de alta tras el accidente, fue muy especial. Después de varias intervenciones quirúrgicas y 6 meses ingresado en el hospital fue trasladado por fin al hogar de sus padres. Eso sí, con su alma ahogada en lágrimas por haber perdido al amor de su vida.


–¡Para, por favor! –ordenó Alberto a uno de los camilleros que lo trasladaban a casa, un segundo antes de que traspasaran el portal. Había observado que justo a la entrada, en el suelo, se hallaba una caja de cartón abandonada, la cual albergaba un precioso cachorro de gatito–. ¡Quiero quedármelo!

–Será quedártela, –respondió su madre, mientras levantaba al animal por la nuca, mirándole “la matrícula”. << No vendrá mal la compañía de una gatita>>, –pensó la madre.


 Habían pasado dos años y medio desde ese día, y Amanecer, todas las mañanas seguía despertando a Alberto, alegrándole su existencia. Todavía permanecía tumbada en el pecho de Alberto cuando entró su madre.


–Buenos días, ¿Qué tal has dormido, hijo? –preguntó la madre, con tono de preocupación. 

–Pues muy bien, madre –respondió Alberto–. ¿A que sí, Amanecer? –Le preguntó a la gata, que aún seguía acostada en su pecho.

–Hijo, estoy muy preocupada por lo que me comentaste de la gata hace unos días.

–¿A qué te refieres? madre. –Contestó Alberto.

–¡Ya sabes a qué! <<A la locura que me dijiste de que la gata es la reencarnación de tu difunta esposa Alba>> –pensó en silencio la madre.

–Pues sí, madre. Eso pienso y eso es lo que siento. Alba creía fervientemente en la reencarnación. Y cada vez estoy más seguro de que se reencarnó en Amanecer.

–Bueno... Te prepararé el desayuno. <<Si a ti te hace feliz, a mi también>>, –pensó la madre mientras se dirigía a la cocina.

–¿A que sí? –Preguntó Alberto a la gata.

–Miauuuuuu –respondió Alba, mirando a los ojos de su amado.

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