Apenas pude abrir los ojos. Las cortinas de la habitación estaban completamente cerradas y sin embargo, para mí, era insoportable la luz que se colaba a través de sus rendijas. Parecía que el dolor, como si te apuñalasen en el ojo y se reverberase en la cabeza, había empezado a remitir. Pero era sólo una ilusión. Un mareo de una intensidad titánica hizo que me tuviese que sentar un segundo. Contrariamente a otros miembros de mi familia, era incapaz de vomitar por lo que tenía que esperar que esa horrible sensación desapareciese. ¡Maldita migraña! Muchos éramos los que en casa la padecíamos, por lo que sabíamos qué era lo que teníamos que hacer, pero eso no lo hacía más llevadero.

Cuando el mareo empezó a pasar, el dolor volvió con toda su intensidad y me tuve que volver a estirar. Entonces noté que algo se movía desde mis piernas hasta mi almohada. Era mi gato. Un bicho de color acanelado sin más raza que la incógnita de «europea». Se acurrucó a mi lado y continuó lo que estaba haciendo antes: ronronear.

—Es un buen minino —dijo la voz elegante de un hombre.

Me giré y lo vi. Su silueta era bastante difusa, pero información sobre su persona empezaba a llegar a mi pobre cerebro migrañoso. Y me gustaba.

—Es un trozo de pan que me cuida. —Acaricié a la bestiezuelilla, que pareció apreciar el gesto.

—¿Sabes? De pequeño tuve un gato de Angola como él. —Señalo al pequeño que seguía ronroneando feliz, ajeno a la conversación—. Parecía un arisco, pero era un amor.

—No nos equivoquemos —le contradije—. Este es el animal más sociable que te puedas encontrar. Sólo que ahora me está cuidando.

Tuve que dejar la conversación por un rato. Las olas de mareo intenso y de dolor perforante me impedían pensar en nada que no fuese el no estar estirada en la cama. Durante ese tiempo mi madre me trajo una toalla húmeda. Era una maravilla cuando le daba la vuelta y ponía la parte más fría en el ojo izquierdo. Parecía que todo bajaba de intensidad. No me di cuenta, pero en algún momento me quedé dormida. Mi cuerpo estaba tan cansado de luchar contra el dolor que, cuando la pastilla con los triptanes consiguió hacer efecto, este había caído rendido en los brazos de Morfeo. Aunque estuviese dormida, yo sabía que aquel hombre se había quedado en una esquina de mi cuarto, con una media sonrisa.

Al despertar varias horas más tarde sólo me quedaba una nebulosa en mi cabeza, pero ya podía salir de mi habitación. Eso sí con unas gafas de sol. Mi gato salió detrás de mí, feliz de haber cumplido con su misión.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó mi madre preocupada.

—Mejor. —Le sonreí—. Además he encontrado un antagonista perfecto para mi historia. Sólo hace falta que le encuentre un nombre. —Y me fui a ver qué teníamos de cena. El hombre, mi antagonista, podía esperar. Lo primero era recuperarme.

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