—No tengo tiempo para charlas inútiles.

—Es una pena. Cuando perdí las piernas pensé que como ya no podría ser un buen bailarín, al menos podría convertirme en un buen conversador —sonrió con la boca, pero no con su mirada.

—Hablamos de veinte homicidios. No juegue el papel de tullido conmigo. Sus huellas estaban en todos los cuerpos.

—Le repito, inspector, que llevo meses postrado en esta cama. Espero mi final sin poder siquiera ir al baño por mí mismo y cagarme en la injusticia que me ha tocado sufrir —dijo con un gorgoteo rabioso mientras miraba los muñones vendados que tenía por piernas.

—¿Cómo lo hizo? Sus sirvientes no podrán defender su coartada eternamente, ni sus abogados mantenerle protegido en esta mansión. Sabemos que está detrás de todo esto, no podrá eludir la justicia por siempre.

—Por siempre…—esgrimió media sonrisa—. Es usted un iluso —añadió mirando al vacío—. Pregunte, indague, haga su trabajo. No he salido de esta maldita casa en meses, ¿cómo iba a dejar mis huellas en veinte cadáveres? ¿Qué conseguiría haciendo algo tan estúpido? —bufó con malicia.

—Venganza —atajó con dureza el inspector—. Sabemos que todas las víctimas le presentaron oposición durante su carrera. Sabemos lo que hicieron. Eran sus enemigos.

—Y aún siéndolo son afortunados al no haber compartido mi destino. Aunque bien lo merecían todos ellos —respondió con semblante sereno.

—Hallaremos la verdad.

—¡Hágalo! —le retó abriendo los brazos en cruz. Las sábanas cayeron al suelo mostrando los vendajes que cubrían su torso, brazos y manos, ocultando los estigmas de su cuerpo leproso—. Yo no pude matar a esas ratas. Aunque me satisface saber que cada una de ellas temió que un moribundo anciano les atrapase. ¿Pero cómo iba este pobre enfermo a hacerlo? —le miró con fingida pena—. ¿Acaso amputándome una mano y haciendo que alguien dejara el mensaje por mí? —escupió una fría carcajada. La risa se tornó en un acceso de tos burbujeante.

—Vamos a cogerle —sentenció el inspector con desánimo, resistiéndose a seguir su instinto de atender al anciano.

El viejo no podía reincorporarse, levantó una mano firme y su enfermera personal se acercó.

—Márchese —apremió la joven al visitante.

—Cójame —logró decir el viejo—. Cuando quieran. Yo ya estoy muerto —sonrió mientras un hilo de sangre subrayaba el gesto.

El inspector abandonó la mansión. Llevaba semanas explorando un callejón sin salida. Un gato pardo ronroneaba tumbado al sol, de repente se levantó, y emitiendo un gruñido huyó entre las sombras. Un bulto cayó al asfalto desde las alturas. El inspector reconoció la forma de inmediato. Lleno de rabia pateó aquella araña patética que imitaba una mano humana. La maldita prótesis era un chiste escupido en su cara. Sacó su arma para volver al edificio justo antes de oír la risa del anciano estrellarse contra el suelo. La prótesis quedó señalando a la madeja de vendas inerte. Don Rico Fusilli se había vuelto a salir con la suya; la última vez de todas.


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