—Baja de ahí, anda.


Mi gata me miró con su habitual soberbia.


—¿En serio? —dijo deslizándose, perezosa, sobre la estantería.


—En serio. Baja.


Arqueó la cola y se dejó caer sobre la alfombra, no sin antes tirar, seguro que sin mala intención, un par de gruesos atlas de anatomía.


—Ya sabes que me gusta verlo todo desde arriba… —ronroneó frotándose contra mi pierna —. A estas alturas, no sé porque te preocupas de cosas como esta.


—Ya sabes, hay que seguir manteniendo las buenas costumbres.


—Oye—maulló mirándome con sus grandes ojos verdes.


—Dime, pequeña.


—Sigue manteniendo esas buenas costumbres y despiértate.


—Mamá. Mamá, despierta.


Mi hija, con mi nietecito en sus brazos, me sonreían desde el otro lado de la habitación. Traté de devolverles la sonrisa, como solía hacer antes, pero solo logré dibujar una burda mueca.


—Ahhh…


—Chss, no hagas esfuerzos —dijo acercándose —. Dale un beso a la abuela, Lucas.


El niño me observó fijamente. En su rostro, se dibujaba algo parecido al miedo.


—Venga, dáselo ahí, en la mejilla —añadió Virginia, retirando con cuidado la mascarilla de oxigeno —. Oh, cariño…


Lucas rompió a llorar en cuanto sus labios rozaron mi piel.


—Ahora vengo, mamá. Vamos, mi vida, es la abuela, no pasa nada…


Salieron de la habitación mientras yo, muda, inmóvil como una estatua de sal, me moría por dejar escapar unas lágrimas que nunca llegaron a rodar por mis mejillas.


—¿Y por qué no acabas de una vez con esto?


La gata caminó elegante por el escritorio de caoba, mientras yo daba los últimos retoques a la ponencia que tenía esa tarde.


—¿Es que tú me vas a ayudar? —reí cerrando la pluma —. ¿Vas a desconectar los cables que me atan a la vida con tus suaves patas felinas?


—Bueno, podría intentarlo.


Suspiré, mientras revisaba mis anotaciones. No dejaba de ser irónico que, yo, toda una eminencia en la neurología y experta mundial en ELA, hubiera sido derrotada por aquello que más trataba de combatir.


—Ay, pequeña. Ojalá pudiera acabar con todo… —respondí hundiendo los dedos en su espeso pelaje.


Cuando volví a abrir los ojos, ya era de noche. La luz se colaba por una pequeña rendija, iluminando tenuemente el parqué del suelo, la colcha de cachemir. «¿De que sirve todo esto, todo el dinero? Si estoy postrada en una cama y mi único deseo es morirme. Si lograra moverme solo un par de centímetros, solo con apretar un botón…»


Un murmullo casi inaudible, me sobresaltó. Todo lo que se puede sobresaltar un paralítico, claro.


—Ayúdame —le rogué. Podía hablar, igual que en mis sueños —. Por favor…


Subió de un salto a la cama y se restregó contra mi, regalándome una última caricia.


—Gracias.


Ella maulló y, de un zarpazo, arrancó los cables que me encadenaban a la existencia.


La alarma pitaba, monocorde, mientras varias manos trataban de devolverme a la vida y mi salvadora escapaba por la ventana, rumbo, las dos, hacia la libertad.

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