La voz de su hija leyéndole su libro favorito era la melodía más hermosa del mundo. La niña estaba sentada en un butacón y Plácido, el gato que había abandonado la vida silvestre para instalarse con ellas, ronroneaba sobre su regazo. De repente, Anna interrumpió su lectura.

—Te echo de menos —murmuró sin atreverse a mirar a su madre, postrada en la cama y conectada a un aparato que controlaba sus constantes vitales y le dosificaba la medicación—. Ahora casi siempre estás así, y cuando estás mejor no puedes hacer nada.

Cloe cerró los ojos para aprisionar las lágrimas. No podía enfrentarse a la mirada verde de su hija, tan parecida a la suya. La pequeña era su viva imagen a los once años, salvo por el pelo violeta salpicado de implantes lumínicos que se encendían al moverse. En su época se llevaban los tatuajes multimórficos, incluso ella se había hecho uno. Aquel recuerdo resonaba desde un pasado en el que sus pulmones aún no la habían traicionado al empezar a morirse.

—¿Por qué no puedes encargar una réplica como todo el mundo? —Anna cerró el libro y se incorporó espantando al gato. 

Réplicas. Inteligencias artificiales biorgánicas fabricadas a partir de tejidos de sus propietarios, cuerpos durmientes para guardar órganos de recambio con los que acariciar la inmortalidad. Cualquier enfermo de EPOC habría encargado una.

—Acércame la consola, cariño. —Cada palabra le costaba un mundo.

—Ni siquiera me contestas —dijo Anna mientras obedecía y le daba el dispositivo—. ¿Es que no te importo? 

La tristeza encerrada en aquellas palabras intentó ahogar a Cloe y su corazón se aceleró para sobreponerse al dolor, haciendo saltar las alarmas de la unidad de control de constantes vitales. El tórax le ardía. Las válvulas silbaban al abrirse para aplicarle más medicación y anclarla a la vida. Boqueó como un pez arrancado del agua, con la mano agarrotada en torno a la consola. Después de obligarla a renunciar a tantos planes, de forzarla a ver cómo los demás seguían con sus vidas mientras la suya empequeñecía, la enfermedad quería robarle también su derecho a sentir.

—Tranquila, mamá, respira. —Anna le colocó la mascarilla antes de que se desvaneciera.


Al despertar se encontró con el rostro desencajado de su hija, que rompió a llorar. 

—Lo siento. —Su menudo cuerpo temblaba—. De verdad, mamá, te quiero tanto.

Verla así la destrozaba, y no podía permitirse otra crisis. Reunió sus exiguas fuerzas para presionar el botón rojo de la consola y al instante Anna se quedó completamente paralizada.

—Claro que encargué una réplica —susurró la mujer aunque nadie la oyera—, fue lo primero que hice cuando supe que estaba enferma. —Deslizó los dedos con torpeza por la pantalla para bajar los niveles de miedo y tristeza y subir el de euforia—. Pero cuando te vi allí dormida, me di cuenta de que había cosas peores que la muerte.

Apretó el botón de nuevo y la niña despertó, con el rostro relajado y una sonrisa en los labios.

—¿Podemos salir a pasear con la silla? —preguntó con inocencia.

—Mañana, cariño —mintió Cloe—, mañana.

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