Gertrudis murmuraba sin apartar la vista de la pluma suspendida sobre ella, que escribía sin descanso. Tenía que aprovechar el silencio de primera hora, sin personal por los pasillos del hospital. La tranquilidad acabó de improviso cuando la puerta de su habitación se abrió. Un huracán pecoso entró: su nieta, con cara de alegría y el uniforme mal puesto, como siempre. 

—Buenos días, cariño. ¿Qué haces aquí en un día tan espléndido, en lugar de estar volando? —preguntó.

—Bah, aún faltan unas horas para la clase, tenía tiempo para venir a veros a ti y a Pepe. —Acarició al siamés tumbado en el regazo inerte de la anciana—. ¿Hay alguna novedad sobre tu estado?

—Piruja hace lo que puede. No ha dejado de probar pócimas y conjuros desde mi accidente, sin resultado. Me aburro, pero no puedo escaparme, por suerte para ella. —Le guiñó un ojo—. Supongo que es verdad lo que dicen: una vieja bruja no tiene que trabajar tanto, y menos por los tejados.

—Yaya, tú sigues trabajando —replicó, mirando la pluma.

—Es cierto, pero ya sabes, Norte, tu abuela es la terca de la familia —dijo sin acritud—. ¿Prefieres que la desactive?

La muchacha negó con la cabeza. Ambas rieron por un instante. Pepe ronroneaba, encantado de estar en la compañía de su familia. Entonces se quedaron en silencio, la una junto a la otra, contemplando el paisaje.

No había sido culpa de nadie, pero Gertrudis no podía mover más que la musculatura de la cabeza y el cuello, y tal vez la magia de la congregación no bastase para cambiar aquello. Las dos brujas lo sabían, y las dos trataban de no mencionarlo.

La súbita desaparición del rasgueo sobre ellas las sacó de su ensimismamiento.

—Ya es hora de que te vayas, ¿de acuerdo? Disfruta de la práctica de hoy, y no te olvides de contármelo todo. Me encanta ver el mundo a través de tus ojos —susurró con ternura.

—Claro que lo haré. —Le besó la frente—. Eres la mejor, y vas a superar esto. Estoy segura de que, para cuando pueda volar sin supervisión, tú podrás acompañarme en los cielos.

Entrecerró los ojos con una sonrisa. El optimismo no era su fuerte, pero era capaz de convertir la esperanza ajena en fuerzas para continuar. De todos modos, trabajar en la cama tampoco estaba tan mal, y Piruja tal vez diese con la pócima precisa para curarla aquella misma mañana.

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