—Se trata de un contrato estándar, no hay nada que temer —le aseguró el hombre del traje blanco, sentado a los pies de su cama.

Jenaro ojeó con suspicacia el papel que sostenía ante él. Estaba escrito en una lengua extraña, cuyos caracteres no se parecían a nada que hubiese visto antes.

—No estoy seguro de que las condiciones me convenzan —reconoció finalmente.

—¡Las condiciones son inmejorables! —El hombre de blanco se levantó y empezó a rebuscar en el maletín que había dejado sobre el escritorio. Jenaro pudo ver por el rabillo del ojo cómo el gato se frotaba contra su pierna, reclamando atención—. Recuperará la movilidad, la salud, la juventud. Podrá andar, correr y saltar todo lo que quiera los años que le queden y al final… se acabó. Ni premio ni castigo. Perderá su alma, pero recuperará su vida.

El hombre volvió junto a su lecho con una elegante estilográfica plateada en la mano.

—No sé —murmuró Jenaro, esforzándose por tragar la saliva que empezaba a acumulársele en la boca—. Si al menos tuviese alguna garantía…

Su interlocutor ladeó la cabeza, sonriendo con gesto comprensivo.

—Vamos, señor García. —Se inclinó para acariciar la cabeza del gato, que ronroneaba a sus pies—. Piense que no lo haría solo por usted mismo, sino también por su familia. Es decir, no se ofenda, pero mantener a una persona tetraplégica no sale barato, y ustedes no son lo que se dice ricos. Además, verle así, tan indefenso, degenerando poco a poco, con todo lo que usted ha sido… debe de ser muy duro para ellos.

Los ojos de Jenaro se dirigieron, llenos de lágrimas, a la fotografía que reposaba en su mesilla de noche: su mujer y sus hijos lo abrazaban, radiantes, el día de su ascenso a inspector jefe de la policía.

—Está bien. —Cerró los ojos mientras el astuto demonio le enjugaba las lágrimas con un pañuelo tan inmaculado como su atuendo—. Trato hecho.

El hombre de blanco asintió, guardándose el pañuelo en el bolsillo, y colocó la estilográfica en su boca con delicadeza.

En cuanto Jenaro hubo estampado su firma en el documento el mundo dio un vuelco, y sin saber cómo se encontró agazapado bajo la cama. Atónito, comprobó que volvía a sentir sus extremidades. Con la emoción y la inseguridad de un niño que da sus primeros pasos, gateó para salir de debajo del mueble, pero al hacerlo notó algo extraño. El hombre de blanco había desaparecido y la habitación se había hecho más grande. Todo en ella había aumentado de tamaño. Y sobre la enorme cama, donde había estado momentos antes, yacía su cuerpo inerte, con el rostro pálido y los ojos abiertos de espanto.

«No puede ser» se dijo, aterrado, y corrió a cuatro patas hasta el espejo de cuerpo entero que había junto al armario. Allí estaba el gato, reflejado a su altura y a escasos centímetros de su nariz.

«Mierda».

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