—Hicimos un juramento ante Dios —dice mirándome—, en la salud y en la enfermedad… 

—…Hasta que la muerte nos separe. También prometí que nunca te haría daño y no pienso incumplir esa promesa. 

—No me haces daño. — Se inclina sobre mí y me coge la mano aun sabiendo que no la siento. Añoro abrazarla, besarla como lo hacía antes; ya no puedo. Acaricia mis nudillos sin dejar de mirar la carne inerte.

—Sí, te lo hago a diario —digo mientras mis lágrimas me queman al resbalar por una de las pocas zonas en las que aún no he perdido la sensibilidad—. Cada vez que me tienes que lavar en esta cama, te hago daño.; o cada vez que me cambias los pañales. No quiero seguir así. 

Ella se sienta en el borde de la cama y seca mi llanto. El crujir de muelles asusta al gato que descansa junto a mí. Nos mira curioso antes de recostarse y volver a ronronear, ajeno a la situación. 

—Ya hemos hablado de esto —contesta. Le tiembla la voz y sus ojos están a punto de romper a llorar—. No me importa seguir así, te cuidaré cada día, hasta que llegue el final. 

—Lo sé. —Noto mi propia voz temblar. Estoy asustado, pero es lo mejor para los dos. Sobre todo para ella—. Pero no voy a permitir que sigas esclavizada. Es mi enfermedad, soy yo quien la tiene que sufrir, no tú.

—Pero no me importa… 

Trago saliva con dificultad, no por la esclerosis, si no por lo que debo de decir. 

—A mí sí. Por eso te pido que lo hagas. Es mi voluntad y solo tú puedes ayudarme. Ya solo queda descansar.

—¡No lo sabes! —exclama ella. Ya no puede contener las lágrimas y estas caen sobre las sábanas. 

—Sí lo se. La ELA no tiene cura y verte prescindir de tu propia vida para cuidarme es lo que más me duele. No puedo seguir haciéndote esto. Por favor, hazlo por los dos. 

—Pero… —Se limpia las mejillas y agacha la cabeza—. No quiero perderte, no quiero que te vayas. 

Deseo con toda mi alma poder abrazarla, consolarla y acariciarle el pelo como he hecho siempre. Deseo que sea feliz, que no tenga que llorar más, a escondidas por las noches, mientras cree que duermo. 

—Ya me he ido, cielo. —Fuerzo una sonrisa cuando me mira, aunque los dos sabemos que no es natural. —Ahora te toca mirar por ti y dejar de sufrir. Solo hazlo, es lo mejor.

Se levanta y me mira unos segundos. Me limpia la cara con sus manos y, sin soltarme las mejillas, me besa con dulzura. Cierro los ojos y dejo que ese beso me transporte a pensamientos y recuerdos de una época mejor. Noto sus lágrimas mezclarse con las mías antes de separar nuestros labios. 

—Siempre te querré —susurro sin atreverme a abrir los ojos. 

Noto sus manos temblorosas ejerciendo presión sobre la almohada que ahora me cubre la cara. Me falta el aire pero ya no tengo miedo. Ahora ella es libre y yo soy feliz. 

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.