Tumbado en la cama, recreando escenarios de una vida sin futuro a corto plazo, Julián tenía tiempo para pensar y eso le causaba más dolor. Maldecía recordar el momento que lo dejó postrado en la cama.

Se veía fuerte, las olas eran seductoras. Pero hacía días que tenía los tobillos hinchados y fallaron en mal momento.

—Una caída desafortunada —comentó el camillero a alguien, entrando a la ambulancia que lo trasladaba al hospital.

—Mmm... —Paralizado y con el collarín, intentó expresar alguna cosa ininteligible.

—No te esfuerces, ya hablarás —animó el sanitario.

Julián solo sintió la incomprensión de quien no se quedaría inmóvil como un idiota. El surfista lisiado con mala estrella. Repetía insistente su parte oscura.

Tras unos meses de hospital, volvió al domicilio de sus padres. Ya no podía vivir solo. La primera noche, como quien reconoce la debilidad, el gato de su hermana Leila se la pasó ronroneando junto a sus pies. No podía sentir su peso, solo oía aquel ruido que, al final, le ayudó a coger el sueño.


—Hola hermanito —saludó Leila a la mañana siguiente—. ¿Has podido dormir? —El silencio fue su respuesta.

Miró hacia el ventanal, pretendiendo esquivar interpelaciones poco sugerentes. Era su primera mañana de regreso a la casa familiar. Luego se fijó en el gato sobre la cama.

—Llévatelo de aquí —refunfuñó él.

—Para ser tus primeras palabras —sonrió ella—, no has escogido nada agradable para decir —alzó aquella bola de pelo y, acurrucado el gato entre sus brazos, lo sacó de la habitación. Antes de irse, Leila se giró y vio a Julián mirándola.

—Estaré bien —musitó él.

—Eso espero —con una sonrisa centró su mirada azul en el rostro del hermano.


Los días pasaron y una dolencia enmascarada afloró al fin; perdía masa muscular con celeridad. Sin el accidente tal vez hubieran detectado con anterioridad una enfermedad renal autoinmune, un síndrome nefrótico, controlable en edades infantiles, pero que a su edad era grave. La medicación con corticoides empeoró su estado anímico, hinchándose su rostro como un globo. A falta de ejercicio adecuado, en pocas semanas era un esqueleto cabezón enfundado en un pijama de rayas. No solo fue una mala ola.

Hundido moralmente, negándose a recibir visitas decidió no sentir la compasión de nadie. La sinrazón de un final cercano le crispaba una condena no asumible. Solo la compañía del gato, que venía todas las noches, aplazaba su determinación solitaria.


Un mañana gris Leila le leía un libro, cuando él musitó palabras ahogadas.

—No quiero seguir siendo un esqueleto sin futuro —cerró el libro y en silencio se levantó. Caminó hacia la ventana para abrirla y escuchar los susurros acompasados del mar, el oleaje lamiendo las rocas del espigón cercano. Por un segundo soñó a Julián peinando olas imposibles.

—Entiendes —masculló él.

—Puedo entenderte, sí —Leila se acercó a la cama manifestando entereza en el gesto—. No te preocupes, cuando ya no puedas más..., sabré cómo paliar tu despedida —afirmó mirándolo serenamente a los ojos.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Aunque pueda parecer un poco peliculero, el relato está basado en hechos reales, cambiando el deporte y la gravedad de la lesión, que sí enmascaró esa enfermedad más grave. Al final, en la vida real vuelve a andar y hace deporte otra vez pero no al mismo nivel, y los médicos han logrado controlar la enfermedad, pero puedo deciros que el muchacho lo paso tan mal como podáis imaginar. Aún se le controla y medica, y le quedan unos años de hacerlo.


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