La humedad de su frente le hizo abrir los ojos. Badru se incorporó, no sin esfuerzo. Un ruido le había desvelado.

—¿Hay alguien ahí? —susurró inquieto.

Pese a haber perdido la mayor parte de la visión con la edad, el anciano sintió que era de noche. La suave brisa que entraba por su ventana era signo inequívoco de que el sol ya se había puesto, pues los días del desierto eran asfixiantes.

    —Anat, ¿eres tú? —repitió.

Desde que quedase postrado en la cama al romperse ambas piernas en la construcción de la pirámide, dependía en gran medida de la generosidad de su vecina Anat. Pero era raro que la joven estuviera en su habitación a esas horas.

Mientras el viejo seguía hablando solo, una alegre figura dirigió una súplica a su interlocutor. Bastet, diosa de la protección y la armonía, con su aspecto felino y sus buenos sentimientos. Anubis, guardián del inframundo, con su impertérrito rostro de chacal. Ambos seres divinos estaban a los pies de la cama de Badru, decidiendo su destino. Los humanos no podían escuchar a los dioses, tan solo intuir su presencia en los últimos momentos de su vida.

    —Pero míralo, ¿no te da pena? —señaló ella con sus zarpas. El anciano estaba cada vez más asustado, sin saber el motivo.

    —No es cuestión de compasión, es el ciclo de la vida —sonrió Anubis. A pesar de la dureza que transmitía su severa actitud, comprendía bien las motivaciones de su madre.

    —Pero no es justo —se estiró la felina. Soltó un maullido de disgusto y se atusó los bigotes—. Deberíamos darle un poco más de tiempo.

    —Tiempo, tiempo —paseó Anubis por la estancia—, siempre pides tiempo extra para todo el mundo, ¿y para qué? ¿Qué crees que puede aportar este anciano impedido al mundo?

    —Toda vida es valiosa, hijo mío —ronroneó la gata, complacida al saber que había captado su atención—. Badru puede iluminar muchas almas con su luz. Hace sentir útil a su joven vecina. Y pese a su edad, es de los pocos escribas en activo del pueblo. Sus historias sobre Egipto algún día serán leídas por muchos.

Anubis escuchaba, en silencio. Sopesaba los argumentos puestos en la balanza.

    —Un día más en este mundo puede suponer una gran diferencia, créeme —sentenció.

    —Sea. —El cuerpo de Anubis se inclinó sobre el anciano Badru y besó su frente—. Tu tiempo en este mundo aún no se ha agotado, .

Y diciendo esto, cruzó el umbral hacia su reino oculto en las arenas del desierto.

    —Un día más Bedru —susurró Bastet—. Un día más para compartir tu luz.

La gata saltó por la ventana y se fundió con las primeras luces del amanecer. Egipto se despertaba y Badru se unía a su palpitar.

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