Ciego e inmóvil siempre había yacido en su cama. El derrame cerebral que sufrió antes de nacer lo había dejado en aquella situación. No sabía lo que era un color, ni que era sentir una caricia. Tampoco podía comprender los sonidos que le rodeaban, a pesar de distinguirlos. Pero si podía diferenciar quien los emitía y lo que transmitían. Encerrado en su propio cuerpo había desarrollado su propia manera de comprender el mundo. Un mundo al que, más allá de su habitación, no tenía acceso. Y lejos de lo que pueda parecer, una rutina le acompañaba día a día. De buena mañana sus ojos se abrían a un mundo oscuro, esperando la llegada de su madre, a la que él imaginaba como un ser de bondad. 

      —Buenos días, mi pequeñín. ¿Cómo te sientes hoy? —preguntó su dulce voz—. Vamos a ponerte guapetón para la enfermera, ¿sí?

Aquella voz le hacía sentir feliz y seguro. El silencio del mundo, fusionado con el retumbar de las máquinas que lo rodeaban, lo despertaba muchas veces durante la noche y lo hacía temer a la oscuridad. Sin embargo, el sonido de las manos de su madre limpiando su piel lo calmaba. El rechinar de la puerta captó su atención. Una explosión estalló en su mente, equivalente a una carcajada infantil, cuando un ligero golpe sonó a su lado antes de empezar a emitir un ronroneo.

—Misifú también te quiere. — comentó su madre, con una melodía que sonaba extraña.

Una vez los movimientos de la madre se detuvieron, pudo oír frente a su cabeza el beso que le dio.

—Ahora vuelve mamá, tengo que abrir a la enfermera. —mintió. 

Él no había oído el timbre, aquello significaba que nadie estaba a punto de llegar. “Médico”, ¿cuándo había oído aquella combinación? No lograba recordarlo. Pero no importaba, el segundo sonido del día entraría en la habitación, echaría a Misifú y mientras le contaba historias divertidas ejercitaría sus músculos inservibles, luego se marcharía tras frotarle cariñosamente el brazo. Durante la tarde, mamá pondría la televisión y le describiría colores. Le contaría historias y, la harmonía de su voz le haría volar más allá de su cuerpo, imaginando mundos ilimitados. Su cerebro era su cárcel y su libertad. 

Dos pares de pasos se acercaron a la habitación y, tras su llegada, Misifú emitió un bufido.

—Cariño, esté es el doctor va a hacer que estés mucho mejor. —Inspiró aire, tratando de creerse sus propias palabras.

Mamá no desprendía alegría, desprendía un sonido extraño. ¿Qué ocurría?

—Hace usted muy bien, otro paro cardíaco solo le provocará más sufrimiento. —Sonrió tristemente a la madre, intentado consolarla—. Cuando usted diga.

—Tomás, mamá te quiere muchísimo y no quiere que sufras. Prométeme que serás feliz. —Asintió al medico y cogió con fuerza la mano de su hijo.

Misifú se colocó en su pecho y el médico desconectó el ventilador. Tomás cerró los ojos a un mundo oscuro y, por primera vez, sintió el calor de la mano de su madre.


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