Hundido en su cama, Damián maldecía su enfermedad mientras acariciaba el cogote de su gato.

—No voy a poder... levantarme... en años —se quejó a Sara, su mujer. Las palabras salían despacio de su boca—. Estoy demasiado cansado ¿Cómo se llamaba esta maldita enfermedad? 

—Esclerosis múltiple, cariño. —Sara se acercó a su marido y le acarició el pelo—. Es solo una mala época, verás como en unos días te encuentras con más fuerza. 

—Esto... Esto no se cura. —El gato de Damián comenzó a ronronear entre caricias—. Éste sí que vive... bien. 

Alguien llamó al timbre de la casa y Sara se dirigió a abrir la puerta. El inspector Álvarez, antiguo compañero de Damián, pidió con urgencia ver a su viejo colega. Sara acompañó al inspector a la habitación donde descansaba su marido y a continuación les dejó a solas con sus asuntos. 

—¿Qué... Qué ocurre? —preguntó Damián con gran fatiga. 

—Un asesinato. Necesito tu ayuda. —El inspector extrajo una foto del bolsillo trasero de su pantalón y se la mostró a Damián—. Estos son los cinco sospechosos. No tenemos ni idea de quién puede haberlo hecho. En el lugar del crimen tan sólo hemos encontrado un pelo castaño, lo hemos mandado a analizar. 

—No... no hay nada... que... analizar —afirmó Damián—. El asesino... es... este chico de aquí. —Levantó a malas penas su brazo y señaló al hombre que se encontraba al extremo izquierdo de la imagen. 

—¿Cómo puedes estar tan seguro? ¡Tan solo tenemos un pelo que ni tan siquiera has visto! —exclamó el inspector. 

Damián, con gran esfuerzo, alzó su brazo y tomó la foto de la mano del inspector Álvarez, le dio la vuelta y se la mostró. 

—Soy...soy un enfermo...pero vosotros sois...idiotas, ¡todos... los demás.. son calvos! —gritó el enfermo. Acto seguido se quedó dormido por el cansancio, y el gato, al que ya nadie acariciaba, dejó de ronronear.



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