La gata cruza la ciudad como un rayo, saltando de un tejado a otro con seguridad, la de alguien que conoce bien el camino. Nadie le presta atención debido al alboroto. Una brisa helada se ha adueñado de la noche de las brujas, aunque todos disfrutan Halloween sin reparos. Todos, salvo los Price.

La gata se cuela por una ventana entreabierta. Mi habitación es la única luz de toda la casa.

Como era de esperar, el doctor Browen está aquí, con su ceño fruncido y sus gafas de alambre. Mi madre lo acompaña. Ya no llora como en las primeras visitas, solo se sienta en la cama a mi lado.

—Espero que estés bien, mi pequeño…

Me da un beso en la frente, y Browen distingue a la gata, inmóvil bajo el alféizar.

—¿Otra vez ese bicho? Muriel, te aconsejaría deshacerte de ella. A saber qué enfermedades tiene... ¡Y se comporta como si ésta fuera su casa!

—Lo es —responde mi madre, sin alzar la voz—. Aryan así lo querría. Además, es demasiado pequeña, no aguantaría ni una semana en la calle. La gata se queda, te guste o no.

El animal se restriega contra sus piernas. Cuando mi madre le acaricia las orejitas, él ronronea complacido.

Entonces, el doctor se traga su orgullo, y me examina a conciencia. Al acabar, lo recoge todo sin decir palabra.

—¿Y bien?

Browen se humedece los labios.

—Lleva un año así, Muriel… No va a despertarse.

El doctor no tiene ni idea. Nunca he estado más despierto. Esta pequeña, que por cierto se llama Bast, me ha enseñado zonas de la ciudad de las que ni siquiera había oído hablar. He pasado noches enteras entre chimeneas; haciendo carreras contra otros gatos, cazando gorriones...

—Quizá mejore...

—Su estado no ha cambiado desde el accidente. Es poco probable que cambie ahora.

Los recuerdos afloran sin avisar. La carretera de noche, el volantazo, el árbol, el parachoques destrozado...

Había visto demasiados animales atropellados en el arcén, no quería que aquella criaturita se uniera a ellos. A mi madre no le pasó nada, a mí...

Cuando me daba por perdido, alguien inesperado me tendió la mano. O más bien, la pata.

Porque Bast me permitió ver a través de sus ojos, escuchar desde sus oídos, y maullar con su garganta. El mundo a mi alrededor parece mucho más real desde esta perspectiva, incluso las cosas inertes parecen vivas.

—Quizá deberías dejarle ir.

El pelaje de Bast se eriza de golpe. Por suerte o por desgracia, Browen no se refiere a ella.

—¿Crees… Que sería lo correcto? —vacila mi madre.

El médico se encoge de hombros.

—Dímelo tú. Aryan es tu hijo. ¿Qué querría él?

Silencio. Un sollozo. Una respuesta:

—No come, no ríe, no llora… No vive. Esto no es para él.

Mi madre no tiene ni idea. Jamás me he sentido tan vivo.

Sigilosa, Bast abandona la estancia. Será mejor disfrutar la fiesta de las brujas antes de que se decidan a desconectarme.

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