Seguía abandonada en aquel hospital. Llevaba meses esperando el momento justo. Al menos Merlín había venido con ella y paseaba por la habitación, ronroneando, día tras día. Lo malo era cuando saltaba encima de su tripa. El dolor era insoportable. De cintura para abajo no sentía nada, pero de cintura para arriba estaba muy dolorida. Nadie la ayudaba a cambiar de postura y ya tenía muchas llagas por todo el cuerpo. El doctor entró a la vez que el gato saltaba junto al frasco que ella conservaba en su mesilla. Casi lo tiró.


—Buenos días, Morgana —dijo sin mirarla a los ojos—. No traigo buenas noticias.

—Buenos días, doctor. —Sonrió indiferente—. Suéltelo.

—Voy a ser conciso. Después de ver todas las pruebas, esto pinta mal. Nunca volverás a caminar. 

—¿Ni siquiera con el mejor de mis hechizos? —preguntó Morgana con cierta desgana.

—La magia está prohibida en este y en todos los universos. —Puntualizó molesto el doctor—. Es el peor delito. Pero lo consultaré con mis colegas que por fin vendrán a verte.

—Claro, doctor —dijo desafiante y buscando sus ojos—. Por supuesto. 


El médico se fue. Al cerrarse la puerta, Merlín saltó sobre Morgana. Mientras contenía el dolor cogió al gato y se lo acercó. Susurró algo a su oreja y el animal asintió en un gesto poco natural.


—Ese es el plan, gato listo. —Celebró Morgana—. Lástima que estés casi tan limitado como yo.


Daba gracias que después de cientos de años solo hubiese tenido un accidente cerebrovascular y que este ni siquiera le hubiese afectado al conocimiento. Pero la maldita parálisis no la permitía desplazarse hasta el mercado de negro de Arquibar y Merlín se negaba a abandonarla en aquel siniestro lugar. No podría curarse, había superado el límite de meses y en pocas horas los efectos de la enfermedad serían irreversibles. Tan solo pudo traerse el frasco que alguien le dejó allí pensando que era perfume. Y allí seguía, esperando a sus dueños. Por fin el doctor volvió con los otros dos únicos médicos de aquella oscura clínica.


—¡Morgana! —gritó el habitual—. ¿Por qué te has tirado de la cama?

—Me caí, doctor —sollozó el hada—. Necesito ayuda.


Con los años había cogido unos cuantos kilos y la ansiedad de verse transportada a aquel oscuro reino no la ayudaron a bajar de peso. Además, la parálisis le había complicado su misión. Porque la alimentaban bien, como si quisieran comérsela después de todo. Los malignos se agacharon para levantarla y Merlín tiró el frasco sobre ellos. Al instante el líquido se evaporó y los falsos doctores comenzaron a retorcerse. Morgana rió y lloró a la vez. Le esperaba una silla de ruedas de por vida y, quizás, pronto la muerte; pero había demostrado que podía seguir dando guerra.


Una vez cumplida su misión, el portal volvió a abrirse. Morgana se arrastró hacia él mientras Merlín ronroneaba a su lado. Volvieron a casa. Y la magia, en aquel oscuro reino, volvió a ser libre para siempre.

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