Ha entrado en la habitación. Estoy segura, aunque no tengo fuerzas para levantar la cabeza de la almohada y comprobarlo. Pero creo que he oído moverse la puerta. Todo está a oscuras, porque un mínimo atisbo de luz hace que me sienta como si me estuvieran clavando cuchillos en el cerebro. Desde dentro.

—Vamos, ven aquí —digo en la voz más baja que puedo. Los ruidos, incluso los que yo provoco, hacen que la migraña sea incluso peor.

Llevo tres días sin poder moverme de la cama por esta migraña. Normalmente los días no son tan malos. Hace tiempo que no salgo de casa porque mis músculos ya no son lo que eran antes, ya no tienen tanta fuerza, pero dentro de casa todavía puedo moverme; la distrofia muscular aún no me ha quitado eso. De vez en cuando las malas posturas (las posturas en las que puedo moverme, no es que pudiera cambiarlas aunque lo intentara) hacen que mi espalda y cuello se tensen tanto que acabo como hoy, tumbada en la cama durante días evitando la luz y los ruidos a toda costa.

—Me gustaría volver a correr. —Miro hacia donde sé que está el techo, porque mi espalda está apoyada en el colchón. Me encantaría volver a sentir el viento en la cara mientras corro, volver a llegar a casa y quitarme la ropa empapada por el sudor. Hace años que no tengo esa satisfacción.

—¿Dónde estás? —pregunto. A lo mejor se ha ido, no sería la primera vez. Pero no he oído la puerta, ni sus pasos sobre la alfombra—. ¿Por qué no me haces compañía un rato? —Intento volver la cabeza sobre la almohada, como si fuera a vez algo en la oscuridad.

La verdad es que me vendría bien un poco de compañía. Dejé de vomitar el segundo día del brote, pero todavía estoy débil, todavía no tengo fuerzas para levantarme de la cama y darme una ducha, que es lo que necesito. No quiero ni pensar en cómo tiene que oler la habitación. No es que pueda levantarme a abrir la ventana. Aunque mis músculos me dejasen hacerlo, la luz me clavaría astillas en el cerebro.

—¿Por qué a mí? —Me siento como si quisiera llorar, pero las lágrimas no escapan de mis ojos. Estos momentos, cuando la migraña me ataca y me impide moverme, son los peores. Son cuando puedo imaginarme cómo será mi vida cuando la distrofia ya no me deje siquiera la libertad de moverme por mi propia casa. Son cuando empiezo a perder la esperanza.

—Vamos, ven aquí —digo una última vez. Esta vez me escucha. Salta sobre mi cama y se acurruca a mi lado, un cuerpo caliente que me da consuelo. Le oigo y siento la vibración pasar por los músculos de mi abdomen hasta hacerse una bolita de confort en mi estómago, hasta crear un poco de luz en la oscuridad que me consume. El ronroneo de mi gato me devuelve la esperanza.


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