Me despierto con el sonido de la puerta seguido de tus pasos entrando en casa. Te oigo cada vez más cerca de mi habitación, pero no cambio mi postura.

—¡Hola, mamá! —Tu tono intenta ser alegre, pero distingo cierto temblor en tu voz—. Voy a abrir, ¿vale?

—Lo siento —digo con la voz rasposa de quien no ha hablado durante horas—, hoy tampoco he podido.

—No pasa nada —contestas intentando restarle importancia—. Todavía es de día —añades mientras corres las cortinas.

Volvemos a bailar la misma danza de cada día. Tú finges que no estás preocupado mientras yo me disculpo lo más sinceramente que puedo por no haber tenido fuerzas para salir de la cama en todo el día. Pero la verdad es que hace tiempo que no siento demasiado. Hace tiempo que sé cómo me deberían afectar las cosas y hablo como si lo hicieran, pero lo único que tengo dentro es apatía.

Te sientas a mi lado y yo todavía no me he movido ni he abierto los ojos. Siento los tuyos sobre mí, así que hago un esfuerzo y te devuelvo la mirada. Tu sonrisa refleja la derrota que te pesa, pero tu postura delata que no piensas rendirte.

—¿Te quieres duchar antes de que venga Sara? —Acabas la pregunta, aunque yo ya he empezado a mover la cabeza.

—No le importará que no me haya duchado. —Y, para cambiar de tema, añado—: ¿Me puedes traer un poco de agua?

Coges el vaso de la mesilla y, sin decir más, sales de la habitación. También tú has cambiado; al principio te enfadabas, hasta me gritabas. Ahora simplemente te limitas a mantenernos a flote.

Te oigo hablar por teléfono. En cuanto cuelgas, suena el interfono y un momento después te oigo saludar a Sara. Eres tú quien siempre la contacta, claro. Recuerdo cuando me contaste que habías encontrado una psicóloga especializada en depresión que hacía visitas a domicilio. Ni siquiera me preguntaste. Cuando me dijiste que la habías contratado, ella ya estaba subiendo las escaleras de nuestro edificio. Sabías que era la única manera de que no me negara.

—¿Cómo estamos hoy? —pregunta Sara a modo de saludo mientras entra en la habitación.

—Hola, Sara. —Me incorporo para poder sentarme—. Hoy llegas un poco pronto, ¿no?

—Te tengo una sorpresa —anuncia entusiasta mientras se gira hacia la puerta—. Es para ti si lo quieres.

Te veo entrar con un gatito en brazos. Sin darme tiempo a reaccionar, lo depositas sobre mi regazo y cuando me doy cuenta ya está acomodado en él. Me sorprende el calor que desprende aun siendo tan pequeño. En cuanto le rascas la cabecita, empieza a ronronear. Siento la vibración en todo mi cuerpo y por un momento creo que podría volver a sonreír, o incluso a llorar. Ya no hace falta que lo hagas tú, ahora es mi mano la que lo acaricia.

—Te voy a llamar Luz —le susurro a mi nuevo compañero.

—Empecemos la sesión de hoy. —Sara se sienta a nuestro lado—. Tenemos mucho trabajo por delante.


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