La mansión tenía la torre más alta que Jean hubiese visto, decorada con agujas que ascendían y parecían ayudarla a rozar el cielo. Se quedó mirando, de pie en el jardín, sin recordar que debía esconderse. Acababa de trepar por la verja exterior y si le descubrían allí le echarían después de darle unos buenos azotes. O peor aún, avisarían a su madre y tendría que explicar por qué se había colado en la propiedad. Jean siempre había vivido en una casa de una sola planta, con un diminuto patio con suelo de cemento. Quizá por eso quería saber más de aquel edificio, enorme y elegante, que parecía salido de otra época y lugar. Y echar un vistazo no haría daño a nadie ¿verdad? Quizá incluso pudiese asomarse al interior, solo un momento…


Sentada en su cama, Victoria escuchó un chirrido proveniente de la puerta de su cuarto. La hoja de madera se abrió despacio y una pequeña cabeza despeinada apareció. Era un muchacho de pelo negro y brillantes ojos marrones, que la observó boquiabierto un instante. Luego retrocedió bruscamente. Ella alzó la mano para detenerle.

—¡Espera! No te vayas —dijo esbozando una sonrisa, aunque incluso aquello era agotador.

—¿Estás enferma? —preguntó el chico, superado por la curiosidad.

—Sí —respondió Victoria, asintiendo—, y me voy a morir pronto.

Lo dijo con total naturalidad, como si hablase de ir a nadar al estanque o a una fiesta de cumpleaños.

—Pero aún eres una niña. —El muchacho olvidó su plan de salir huyendo y entró en la habitación—. ¿Qué es lo que te pasa?

—Soy mayor que tú. —Victoria frunció el ceño y acomodó coquetamente su larga melena, como para indicarle que, aunque solo por un par de años, ella ya estaba más próxima a ser adulta—. Tengo esclerosis mult… Bueno, no importa. A veces estoy muy cansada, otras no tanto. Al menos así era antes. Ahora ya no puedo salir de la cama y pronto me dormiré y no despertaré. Por eso necesito tu ayuda.

—¿Qué quieres que haga yo?

—Te presento al Señor Calcetines. —Victoria revolvió entre los almohadones que la rodeaban y levantó a la malhumorada bola de pelo que era su gato.


De vuelta a su casa, Jean miraba al animal sin saber qué hacer. Subido encima de su mesa de estudio, Señor Calcetines había adoptado una pose de esfinge, con los ojos cerrados, y ronroneaba.

Finalmente decidió apagar la luz y cubrirse con la manta. Sintió el leve peso del animal al saltar sobre la cama y acomodarse junto a sus piernas. No emitía ningún calor. Tampoco podía verlo nadie, solo él.

“¿La pobre niña de la casa del final de la calle? Murió hace muchos años. Era guapísima, con ese pelo largo y rubio, creo que tengo una foto suya con la abuela”. Eso había dicho su madre durante la cena, cuando quiso explicarle lo sucedido.

Cerró los ojos y suspiró. Tendría que acostumbrarse a tener un gato fantasma.

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