Los rayos de sol empezaban a colarse entre las hojas de las plantas apoyadas en la ventana. Percival llevaba un rato despierto, siempre había acostumbrado a madrugar. Su mirada saltaba de una estantería a otra, paseándose entre los extravagantes y exóticos objetos como un viejo marinero en un mar conocido, siguiendo un misterioso orden que solo él entendía. La puerta chirrió, y los dos vidriosos y claros ojos se clavaron en el nuevo cliente.  

—El viento empieza ya a traernos la primavera, Percival —saludó el extraño, sin dirigir ni una ojeada al hombre que le miraba divertido desde la cama al otro lado de un mostrador más bajo de lo normal—. Te he traído una naranja. 

Aún sin mirarle le lanzó la fruta con un rápido movimiento. Los ojos de Percival estaban tranquilos. Justo cuando la naranja iba a golpear al viejo, se quedó flotando a un palmo de su reclinada cabeza, cayó, rodó sobre su pecho y se paró en la cama. La mirada del anciano ya volvía a recorrer su tienda, trazando su singular ruta, pasando por alto al personaje que ya formaba parte del lugar. 

—No recuerdo que tuvieras nada de esto. —Dedicó una mirada de incredulidad al dueño de aquella misteriosa tienda antes de volver a enfrascarse en su investigación. 

Hacía mucho que el anciano no hablaba. Odiaba su voz ahora. Una ligera brisa atravesó la tienda desde la cama hasta donde el hombre se erguía. El polvo a sus pies pareció bailar antes de formar un corto mensaje. El hombre soltó una carcajada antes de dirigir plena atención a Percival.  

—¿Cómo te apañas para conseguir tantas baratijas con esa estúpida enfermedad tuya? —preguntó el visitante—. Parkinson. Siempre se me olvida. 

Ambas miradas se encontraron. Los profundos y celestes ojos del viejo, y los oscuros  y risueños ojos del visitante. Parecían mantener su propia conversación. En un momento dado, la mano de Percival empezó a moverse, dibujando lentamente en el aire con trazos de fuego, mientras el dibujo empezaba a cobrar forma. Cuando parecía a punto de acabar, un espasmo movió violentamente la mano del viejo, tachando el glifo, que se esfumó con un siseo. 

—Eso ha sido... —murmuró el visitante. 

—Silencio. —Los ojos de Percival centellearon—. Mira. 

Detestaba hablar, caminar o prácticamente cualquier otra actividad por miedo a que esos malditos temblores le recordaran su condición. Pero hacer magia no. Aquello era lo único que podía pasar horas intentando hasta conseguirlo. Su mano se deslizó por el aire de nuevo, y la runa ya terminada brilló antes de abrirse creando un pequeño portal. Un esbelto gato saltó de su interior al tiempo que el portal desaparecía. Dejó caer un raro talismán que traía en la boca antes de subir a la cama y empezar a ronronear junto al anciano. 

Con un asombro todavía tangible el visitante recogió el talismán, puso unos billetes encima del mostrador y se dirigió a la puerta. 

—Hasta la semana que viene Percival. —Sonrió mientras la puerta se cerraba.

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